18/5/18

RESEÑA #118: BIOGRAFÍA DE UN CUERPO



Reseña #118: Biografía de un cuerpo

 ¡Hola, hola, hola!


 Ya queda nada para junio. Sólo unos poquitos días más. Pronto podremos mandar a tomar por el culo los apuntes. Y seremos libres. ¡¡Qué ganas!! Mientras ese día glorioso llega, ese en el que podremos sonreír mucho y muy fuerte pensando que hasta septiembre no hay que romperse la cabeza; ¿qué tal si hablamos de algún libro? Esta vez no es una recomendación pero, oídme (leedme), lo mismo a alguien le pirra. La gracia está en que cada persona tenga un gusto, ¿no?

 Aprovecho para dar las gracias a la editorial SM por el envío del ejemplar.

 Y ahora… ¡Dentro reseña!


Ficha técnica



Título: Biografía de un cuerpo 
Autora: Mónica Rodríguez Suárez 
Editorial: SM 
Número de páginas: 144 
ISBN: 9788491074571 
Preció libro físico: 11,95


Sinopsis

 Cuando eres niño, te dejas llevar. Pero un día tu cuerpo se rebela, crece, y nada es como antes.

 Premio Gran Angular 2018 Las piernas recorridas por hilos de cobre. El pie extendido, el muslo flexionado. La música cambia. Soy yo el que está ahora en el escenario haciendo cabriolas y de nuevo Álex llega, lo ocupa todo, baila. Los aplausos como el fragor del agua. El público arrebatado. La danza sucediéndose en esta caída de agua. Todo sucediéndose… Pero, ¿y si no quiero que suceda? ¿Y si no quiero seguir bailando?


Mi opinión

 No es por ti, es por mí. Esa es la primera frase – bueno, vale, si me pongo en plan tiquismiquis debo decir “oración” – que me viene a la cabeza cuando me paro a pensar en qué deciros (escribiros) sobre Biografía de un cuerpo. Y es que es verdad. No sé si el problema lo tengo yo, lo tiene el libro o lo tenemos ambos; pero he sido incapaz de disfrutar de la lectura. Total y absolutamente incapaz. Palabrita.

 Hola, me llamo Carme y tengo un hermano de catorce años. Esto viene a cuento, no creáis. Viene a cuento, os digo (escribo) porque os puedo asegurar, y os lo aseguro, que los niños de catorce años no piensan así. No, no estoy diciendo que sean encefalogramas planos, ¡ni mucho menos! Lo que digo es que no tienen esos problemas existenciales tan… tan absurdos, joder. Y es que nuestro protagonista – del que conocemos el nombre más o menos en la página 80 – es… asquerosamente repelente. Hala, ya lo he dicho (escrito). Un niño repelente. Un narciso que, ojo, achaca todos sus problemas a “su cuerpo”. No es él, es su cuerpo. ¿Veis por qué os hablaba de “no es por ti, es por mí”?

 El libro gira entorno a dos constantes: el día a día de nuestro protagonista casi anónimo y la vida de Valsav Nijinsky. Por si alguien no sabe quién es, os contaré que fue un gran bailarín ruso. No, yo tampoco lo sabía, pero la autora se encarga de recordarnos por activa y por pasiva quién fue y qué fue de su vida. Ojo, eso me parece bien. Bien mientras todo esté bien hilado y es que, por más que quiera, no puedo ver las semejanzas entre un niño de clase media que, sencillamente, está en la edad del pavo; y un hombre que se las vio y deseó para salir adelante antes de la primera guerra mundial. Ahí os lo dejo.

 Antes de que me tachéis de tía cabrona que no es capaz de disfrutar de un premio Gran Angular, quiero poneros en antecedentes. En el libro se tilda de “ordinaria” la vida de las personas normales. Personas como vosotras, vosotros y yo. Pues oye, a mí mi vida me parece la hostia, gracias, no necesito que nadie me diga que, si no soy una bailarina de la leche, tengo que conformarme con una vida mediocre. Sí, esto lo escribo con mala hostia, porque me sentó como una patada. Como una patada que el padre del protagonista y el propio protagonista, digan que tanto la mujer que lo ha traído al mundo como su hermano son “personas corrientes”. Me ofende. Me ofende muchísimo.

 Quiero romper una lanza a favor del libro. Sólo una, tampoco me voy a pasar de generosa. Álex es un gran tío. Un chaval maravilloso que no se merece nada de lo que le pasa. Ni los desplantes del protagonista – que a veces es un cabrón insensible – ni su situación familiar. Pensando en esto, creo que salvaré también a Clara, y es que la chica lo único que hace es ser una buena persona; algo que debería probar a hacer el protagonista.

 Si me pongo en plan profunda y extrapolo toda la situación, creo que podría hablaros de cómo los niños crecen, se amoldan a su nueva realidad y, ¡cómo no!, se enamoran con una intensidad abrumadora. Sí, nuestro pequeño niño egocéntrico se enamora hasta las trancas de una de sus compañeras de baile, una chica que, por suerte o por desgracia, es demasiado buena para él. Pero eso no es todo. Se habla de cómo los niños primero ven a sus padres como lo mejor que hay en el mundo, como figuras a seguir; para pasar a ese punto en que creen saberlo todo y cualquier pregunta les aburre e irrita. Y eso estaría genial, de no ser porque, en más de una ocasión, el niño no sólo me ha parecido aborrecible, sino terriblemente intransigente e irreflexivo.

 No, no voy a hacer una zona para destriparos el libro. Es demasiado corto y, sinceramente, no hay mucho que contar. Un niño que tontea con la cerveza, que da sus primeros besos en un parque pasando un frío del demonio. Un niño que no sabe cómo decirle a su padre que él tiene capacidad más que suficiente para saber qué le gusta y que no. Un niño que tiene que aprender a decir “basta”. Y modales. Joder, qué aprenda modales.

 No, el libro no me ha gustado. Lo digo con el corazón en un puño. Es muy desagradable tener un premio entre las manos y no ser capaz de disfrutarlo. Pero es que, sencillamente, me ha recordado a los últimos minutos de un sprint. Esos en los que corres sintiendo cómo todo te quema por dentro, en el que eres plenamente consciente de cada uno de los músculos de tu cuerpo y sólo quieres parar.

 Ojalá haya montones de personas que digan que es maravilloso y que puedan disfrutarlo. Yo os dejo a vuestra elección darle una oportunidad.


Con todo, Biografía de un cuerpo es un libro que no me ha gustado. Con un protagonista que ha conseguido ponerme enferma y una historia a ratos aborrecible. Con algunos mensajes buenos, es una novela que me ha dejado indiferente.

Nota: 2/5

11/5/18

RESEÑA #117: LOS BUENOS



Reseña #117: Los buenos


¡Hola, hola, hola!

VIERNES. VIERNES. VIERNES. ¡Qué levanten la mano todas las personas que han tenido una semana de mierda! ¿Nadie? ¿Nada? ¿Seguras y seguros? Bueno, pues ya la levanto yo. De verdad, qué ganas de que acabe mayo, por favor. Pero no estamos aquí para leer mis quejas de mierda, esas que no le interesan a nadie. Estamos aquí para hablar de cositas maravillosas. Y esta vez le toca a una joya con la que tengo una relación de amor odio bastante importante. ¿Vamos a ello? ¿Sí? ¡Dentro reseña!

¡Un último apunte! ¡No leáis la sinopsis! Si queréis leer el libro, NO la leáis. Hacedme caso, cuenta demasiadas cosas.


Ficha técnica


Título: Los buenos 
Autora: Hannah Kent 
Editorial: Alba Editorial 
Número de páginas: 434 
ISBN: 9788490653531 
Preció libro físico: 19,90€ 
Precio versión digital: 9,99

Sinopsis

 Inspirada en un caso real de infanticidio, Los Buenos se sitúa en el año 1825 en un remoto valle de Irlanda. Allí viven tres mujeres a las que unirán una serie de acontecimientos extraños y trágicos. Nóra Leahy ha perdido a su hija y a su marido el mismo año: solo le queda su pequeño nieto Michael, que no sabe andar ni hablar, y al que tiene oculto para que los vecinos no crean que ha sido víctima de una maldición sobrenatural. Mary Clifford es la joven contratada para cuidarlo y Nance Roche es la vieja curandera que alivia con hierbas y consejos los males inexplicables. La vida de estas tres mujeres se complicará con la llegada al pueblo de un nuevo sacerdote empeñado en limpiar el valle de supersticiones.


Mi opinión

 Hay historias que, una vez acabas, se quedan contigo. Esto es una realidad. Una aplastante, más si tenemos en cuenta que todo el mundo puede pensar en montones de títulos para dar respuesta a “¿qué libro te ha cabreado más hasta la fecha?”. Yo ahora mismo os doy dos: El informe Brodeck – libro del que podéis leer la reseña haciendo clic aquí – y Los buenos.

 Una historia oscura, Los buenos. Una historia que tiene de base un caso real. Sí, un caso real y documentado del año 1826. El telón de fondo, Irlanda; las protagonistas, tres mujeres que nada tienen que ver entre ellas, al menos en apariencia; y una de las mejores prosas que he tenido el honor de leer hasta la fecha.

 Creo que habemos montones de personas que decimos eso de “me encantan los libros ambientados en Irlanda”. Esto está muy bien pero, ¿y la Irlanda del siglo XIX, en la que se tenían en cuenta a los duendes y las hadas? Criaturas del folclore que, sin embargo, en algunas zonas rurales de la época eran ley. Una ley que a mí me ha puesto los pelos de punta a lo largo de la historia, pero de eso hablaremos luego.

 Nóra Leahy acaba de perder a su marido, Martin Leahy. Un hombre que aparece fulminado en una encrucijada de caminos, un hombre al que llevan a cuestas hasta casa para que puedan empezar los ritos fúnebres – unos que, sinceramente, me parecieron horriblemente largos y un poquito bastante gores -. El caso es que Nóra no está sola, y es que con ella vive Micheál, su nieto. Un niño huérfano de madre y con un padre que decidió no hacerse cargo de él porque no podía mantenerlo. Un niño que no puede hablar, no puede mover las piernas y parece tener la mirada perdida.
Como no puede ser de otro modo, la muerte de Martin comporta que Nóra contrate a una criada en el mercado. La chica, Mary Clifford, acepta el trabajo sin saber la clase de niño que es Micheál; y se lo toma mucho mejor de lo que cabría esperar, dejando de lado la mala leche que se gasta la mujer a la que llaman viuda Leahy.

 Hacía mucho tiempo que no me cabreaba tanto. Os lo digo (escribo) totalmente en serio. Si hay algo que predomine en el libro, es la ignorancia. Una ignorancia con fauces, una que muerde a todos los aldeanos, llenándoles la cabeza de mierda. Sí, de mierda. Personas que hablan de males de ojo, personas que todo lo tachan de maleficios, malos augurios y demás “historias” que sirven para que el hecho de que una vaca famélica no dé leche sea signo inequívoco de que los Buenos están haciendo de las suyas.

 Tal vez os preguntéis si mi problema está en el folclore. Todo lo contrario. Me pirra la mitología, al igual como me pirra saber sobre las viejas costumbres en las diferentes partes del mundo. Lo que me revienta las narices, lo que hace que ponga cara de oler a mierda leyendo un libro, es que se esgrima con argumentos estúpidos a niveles imposibles que un niño, un pobre niño, es un cretino. Cretino, niño trocado, un cambiado… Elegid la palabra que queráis, porque el resultado es el que os vengo a contar ahora: un enviado de los duendes, un duende que suplanta una identidad. Lloremos.

 Vengo calentita, lo veo claro. Y vengo calentita porque el libro me ha flipado. Una joya. Una jodida joya, lo que ha escrito Hannah Kent. No había leído nada suyo hasta ahora y, la verdad, me muero de ganas por hincarle el diente a su primera novela, Ritos funerarios. Pero eso no viene a cuento ahora. Estamos hablando de Los buenos. Vamos rápido: prosa impecable, evocadora, con ese aire nostálgico que tan bien casa con el tiempo que se nos describe. Un ambiente opresivo, cargado de supersticiones que hace que nos preguntemos seriamente cómo narices hemos conseguido llegar hasta ahora.

 Además de las supersticiones de las personas que habitan la aldea, tenemos un par de añadidos. El nuevo cura, un tío que a mí me ha caído como una patada. Dejando de lado las ideas religiosas de cada persona, el cura fue un completo misógino gilipollas, una persona no sólo intolerante hasta lo imposible, sino asquerosamente hipócrita. Un tío que pone de vuelta y media a la curandera del pueblo, Nance Roche, porque cobra sus remedios en especias. Ojo, que el tío huevón tiene las narices de decir que va a echarla del valle. Sí, sí, como lo leéis. Al parecer “las costumbres paganas e impías” de la curandera ofendían el orgullo del hombre. Flipo. Flipo mucho y muy fuerte.

 Ya que os he hablado de la curandera, y teniendo en cuenta que os estoy dando información de un modo harto caótico, quiero hablaros de las protagonistas de esta historia. Son tres. Nóra, Mary y Nance. Si queréis mi opinión, Nóra es un monstruo. Una mujer que odia a su nieto con todo su corazón, jurando y perjurando que es un duende, un niño cambiado que hay que devolver a los Buenos para que le den a su niño de verdad. Sí, lo sé, no tiene ningún jodido sentido; pero para ella sí. Y para las otras dos, también.

 Estoy enfadada con Nance. Sé que es absurdo enfadarse con un personaje de ficción, pero me gusta ser sincera. Así que estoy muy cabreada. Cabreada, porque la mujer me caía bien, muy bien, de hecho; pero a medida que la novela avanza… he conseguido sentir tanto asco hacia ella como sentía hacia Nóra.

 Como os digo muchas veces, no quiero dar más información de la necesaria, así que os diré cómo están las cosas para cuando las vidas de Nance y Nóra se cruzan. La viuda quiere recuperar a “su verdadero nieto” y la curandera va a ayudarle. Le da igual que los médicos le hayan dicho que no tiene cura, no le importa la condescendencia del cura. Sólo le importa volver a ver a su Micháel. ¿Qué, preparadas y preparados para el desastre?


Y ahora, bienvenidas y bienvenidos a la Zona Spoiler



 Me cago en todo. Así de claro. Me cago en todo porque no se puede ser más idiota ni entrenándose cada día. Nóra Leahy, la mujer ejemplar que sermonea a su criada. Nóra Leahy, la abuela despechada que no soporta que su nieto tenga un problema. Un problema que nada tiene que ver con hadas, duendes y demás ideas mágicas. No, joder, no. Ese niño, ese pobre niño, no tenía que haber caído nunca en manos de semejante monstruo. Esto lo digo sin respeto ninguno porque, sintiéndolo mucho, la viuda no es más que una mujer que no sabe gestionar los cuidados que necesita ese niño pequeño.

 Una aldea de supersticiones. Qué bonito, ¿eh? Un lugar precioso, con esos amuletos a base de madera, rocas e incluso carbones. Plantas medicinales que pueden hacerte sangrar, que pueden curar heridas y que, bien tratadas, ayudan, según la propia Nance Roche, a curar cualquier mal. Anda que no lo tendríamos fácil si eso fuera verdad. Ojo, que yo respetaba todo lo que se decía. Al principio. Cuando aún estaban dentro de los límites de la moralidad, cuando el mayor mal que hacían a Micháel era ponerle menta en las orejas. Porque sí, amigas y amigos, Nóra y Nance hacen todo tipo de cosas odiosas a un niño que, en el fondo, sólo está paralítico. Sí, ya sé, ya sé, “Carme, no digas que sólo está paralítico”. Esas mujeres creían que tenía un jodido demonio dentro, así que no creo que me haya pasado. Un problema médico. Un problema que no tiene cura, pero que no hace que una persona sea un monstruo. Sin movilidad. Vale, ¿y qué? ¿Era necesario darle una planta venenosa, una que le hace pasar días y días enfermo? ¡Venga ya!

 Lo triste es que lo peor que hay en el libro no lo encarnan sólo Nance y Nóra. Saco del tema a Mary porque ella era la única que temía que lo mataran. Y la saco, además, porque no era más que una cría de catorce años. Mi hermano tiene esa edad y, sinceramente, no lo veo capaz de hacer nada de lo que esa pobre niña tuvo que hacer. Es triste que la hicieran pasar por eso. Pero no estamos hablando de eso, no ahora. Os decía (escribía) que lo peor no lo encarnan las dos señoras. Lo peor viene de la mano de Seán Lynch. Menudo cerdo desgraciado. Perdón, los animales no tienen la culpa de que exista semejante pedazo de mierda. Un maltratador. Un asqueroso maltratador que pone morada a su mujer día sí, día también. Un hombre que apaliza al pobre Peter, porque al menos él tiene las narices de decirle que es un mierdas. Porque lo es. Vaya si lo es. Un saco de mierda. Un asqueroso saco de mierda. Una pena que al final no se muera, el muy desgraciado.

 Como veis, un valle lleno de perlas. Entre curas misóginos, asesinas y maltratadores tenemos el circo de los horrores más que servido. Lástima de gente, de verdad que sí. Ah, ya, esperad, he dicho que hay asesinas. Hum. ¿Qué pensáis vosotras y vosotros de dos mujeres adultas que meten a un crío de cuatro años desnudo en un río en pleno mes de marzo – os recuerdo que estamos en Irlanda – y lo sumergen debajo del agua para “expulsar al duende”? Pues eso. No tengo nada más que añadir.
Os contaba que estoy furiosa con Nance. Lo mantengo. Esa señora tenía mi simpatía mientras era partera, ayudaba a la gente con sus problemas físicos y escuchaba a aquellas personas que no tenían a nadie. Perdió mi respeto cuando empezó la historia del río. No hablemos de lo que pienso de Nóra, porque entonces sí que no acabo.

 El libro acaba demasiado bien, para todas las barbaridades que se hacen. Acaba bien, os cuento, porque Kate Lynch, la mujer de Seán Lynch – el cabrón apalizador – se larga del valle. Claro, después de toda la mierda que le salió por la boca a la mujer, que no hacía más que despotricar sobre todo el mundo, tuvo que irse. Para eso y para que se asqueroso marido no la matara. Yo me planteo, entonces, cómo es posible que el cura, que se mete en casas ajenas, no cogiera al jodido Seán de las narices y lo echara del valle. Pero nada, apreciaciones mías. Preguntas que me llevan, irremediablemente, a Nóra y Nance. Me parece horrible que salgan bien paradas después de lo que hacen. Lo que hacen, oídme (leedme), es imperdonable. Hay que ser muy miserable para hacer algo así y luego poder dormir por las noches. Si es verdad que hay infierno, y tan temerosas son de Dios como ladran, tienen que tener un sitio al lado mismo del Diablo.

Con todo, Los buenos es una historia duda, que trata un tema real acontecido en 1826. Una novela de prosa deliciosa, con una ambientación maravillosa. Una novela con personajes oscuros, cargados de malas intenciones. Un libro que consigue que te enfades. Un libro que atrapa. Hannah Kent hace un trabajo impecable retratando la sociedad de la época y, lo que es más difícil, la situación que se cuenta.

Nota: 5/5