3/6/17

RESEÑA #85: AFTER DARK


RESEÑA #85: AFTER DARK

¡Hola, hola, hola!

 ¿Qué tal? ¿Me habéis echado de menos, aunque sólo sea un poquito? La verdad es que he estado bastante ocupada estas dos últimas semanas y, bueno… He tenido que sacar un hueco de donde no lo había para poderme dejar caer por aquí. Contadme, ¿está siendo un buen mes? ¿Mucho agobio con los exámenes?

 Pasando a temas menos deprimentes – personalmente, no tengo ningunas ganas de hablar de las clases –, quería traeros, hoy sí, la reseña de un libro que me gustó especialmente. Al parecer, tengo un nuevo autor favorito. Sí, sí, amigas y amigos, tal y como lo leéis. Nuevo imprescindible. Redoble de tambor y un más que efusivo aplauso para… ¡¡Haruki Murakami!!

Ficha técnica


Título: After dark
Autora: Haruki Murakami
Editorial: Tusquets Ediciones
Número de páginas: 256
ISBN: 9788483831014
Precio: 17,00€

Sinopsis

Cerca ya de medianoche, en esas horas en que todo se vuelve dolorosamente nítido o angustiosamente desdibujado, Mari, sentada sola a la mesa de un bar-restaurante, se toma un café mientras lee. La interrumpe un joven músico, Takahashi, al que Mari ha visto una única vez, en una cita de su hermana Eri, modelo profesional. Ésta, mientras tanto, duerme en su habitación, sumida en un sueño «demasiado perfecto, demasiado puro». Mari ha perdido el último tren de vuelta a casa y piensa pasarse la noche leyendo en el restaurante; Takahashi se va a ensayar con su grupo, pero promete regresar antes del alba. Mari sufre una segunda interrupción: Kaoru, la encargada de un «hotel por horas», pide que le ayude con una prostituta china agredida por un cliente. Dan las doce. En la habitación donde Eri sigue sumida en una dulce inconsciencia, el televisor cobra vida y poco a poco empieza a distinguirse en la pantalla una imagen turbadora... pese a que el televisor no está  enchufado.

Mi opinión

 La historia de por qué decidí leer este libro no es demasiado interesante. Llegué a la biblioteca, lo vi, me enamoró la portada y lo cogí. Fascinante. El caso es que después de lo muchísimo que me gustó Tokio Blues – podéis acceder a la reseña haciendo clic aquí –, me daba algo de miedo que esta otra obra me dejara con mal sabor de boca. Miedos infundados, por supuesto.
 Mari está leyendo en una cafetería. Una escena de lo más normal – una que todas y todos protagonizamos al menos unas tres o cuatro veces al mes, ¿verdad? –, por lo menos si dejamos de lado que son casi las doce de la noche y no tiene intención de volver a casa hasta el amanecer. ¿Y qué hace una chica que acaba de empezar sus estudios universitarios en una cafetería a las doce de la noche?, os preguntaréis. Lo cierto es que yo también me pregunté por qué no estaba quemando las horas por la calle, con una panda de amigos y algo de alcohol en el cuerpo – lo sé, soy tremendamente superficial. Mea culpa –. La respuesta, como no puede ser de otro modo, es una de las incógnitas que nuestro querido Murakami se reserva para el final.
 Ahora bien, retomemos lo importante. Mari está en la cafetería, leyendo un tocho de “agárrate y no te menees”, cuando entra, como entraría un elefante una chatarrería, Takahashi, un músico al que nuestra querida Mari conoció en una cita doble con su hermana años atrás. Si me permitís un pequeño inciso, nuestro músico medio bohemio, un amante del buen jazz iniciado con Spot after dark – buscad la canción, vale la pena –, me pareció un amor. Un chico parlanchín, de esos que no toleran los silencios.
 Pese a lo que podáis pensar, el libro no se centra en la historia de Mari y Takahashi; sino en todos los encuentros fortuitos que hacen que nuestra protagonista indiscutible arregle algunos de sus problemas personales. Ojo, con esto no quiero decir que Takahashi sea un personaje de paso, un secundario esporádico que haga un comentario afortunado. No. Ese chico, junto con Eri, Kaoru y Shirakawa; se convierten en pilares fundamentales de una obra que, al menos a mí, me ha robado un trocito de corazón.
 Haruki Murakami sabe escribir, eso no es ningún secreto. Es de esas personas que harían una maldita lista de tareas interesante. El caso es que su prosa, al menos por lo que he podido ir comprobando, es oscura. Sí, lo sé, todo muy poético. Bromas aparte, Murakami tiene el don de confeccionar escenarios grises, decadentes e incluso lúgubres. Convierte cada ambiente en una joyita perlada de melancolía, en un nubarrón gris del que no se pueden apartar los ojos, en una tarde de lluvia. Y eso, ¡qué queréis que os diga!, a mí me encanta.
 Tras una charla poco fructífera acerca de cómo va a pasar Mari toda una noche, Takahashi se marcha para ensayar con su grupo, no sin antes decirle que quiere volver a verla en unas horas para seguir hablando, no sólo de sus quehaceres nocturnos, sino de Eri Asai, la hermana de nuestra protagonista. El caso es que Eri es una de esas chicas guapísimas que posan para revistas de adolescentes, una chica de cuerpo diez que tiene algunos problemas con los que, desgraciadamente, no sabe lidiar.
 Antes de hablaros con más detalle sobre Eri, quiero hacer una mención especial al narrador de la obra. Uno muy acertado, si queréis mi opinión, y es que Haruki Murakami nos convierte en un punto, un pedazo de materia que, como si de una cámara se tratase, puede enfocar todo lo que pasa a lo largo de esa noche. Pasamos de estar viendo una perspectiva aérea de la cafetería a la habitación de Eri Asai. ¿Y por qué su habitación? Lo siento, pero si queréis saberlo vais a tener que leer el libro.
 Antes de pasar a la zona spoiler, quiero dejaros con los dientes largos. La partida de Takahashi, como supondréis, no afecta en lo más mínimo a Mari. Ella sigue leyendo tan tranquila hasta que… ¡Sorpresa! Una mujer que dice conocer al músico llega y le pide que le ayude con una chica china a la que le ha pasado algo terrible.

 Y, ahora, bienvenidas y bienvenidos a la Zona Spoiler

 El libro es corto. El libro es ridículamente corto. Pasa de todo. Es tan condenadamente adictivo que no sé ni por dónde empezar para convenceros de que, definitivamente, tenéis que leerlo. Ya no es tanto el hecho de disgregar cada elemento y disfrutarlo, como cuando paladeamos cada sabor en un cucurucho de tres bolas. No. Es un conjunto perfecto, uno que hace que sólo pienses en qué más va a pasar. O en qué no, porque telita con el asunto.
 Decía más arriba que es curioso el asunto de Eri. Lo mantengo. Ella está durmiendo profundamente en su habitación, tan profundamente que da hasta miedo. Y, de golpe y porrazo, la televisión se enciende. Tengamos en cuenta que el libro está ambientado en lo contemporáneo de su época, así que os hablo de un televisor de tubos catódicos que se queda con la señal gris – sí, esa previa a que se ponga la pantalla de mil colores –. Lo fascinante de la situación es que, aun siendo una mera cámara, el narrador nos hace comprender que en esa televisión hay algo que no va bien. Un hombre con una máscara que mira fijamente a Eri Asai.
 Paralelamente a esta situación – gore hasta decir basta –, Mari acompaña a Kaoru hasta su Love Hotel – por si alguien no tiene claro que es un “love hotel”, se trata de un hotel en el que las parejas van para tener encuentros sexuales, ya sea con prostitutas, con amigos o con su propia pareja –. En una de las habitaciones, una prostituta china – ilegal en Japón, para más señas – cuenta a Mari, que es la única que habla chino, lo sucedido. Aquí me detendré un momento para quejarme a gusto, porque el desgraciado que da una paliza a Mari se convierte también en uno de los protagonistas del libro. A lo que iba. Shirakawa pega una paliza a Mari porque a la pobre chica le baja la regla justo cuando iban a empezar. Al parecer el muy depravado no concibe que pasen esas cosas y le deja la nariz hecha un Cristo.
 Lo gracioso del asunto – hablando desde la más profunda de las ironías – es que Shirakawa es un maníaco del control, una de esas personas que necesitan tenerlo todo meticulosamente ordenado. Un hombre casado que trabaja en una empresa como informático y se queda hasta las tantas. Eso y un fetichista de las chicas jóvenes y chinas. Ah, y también un cerdo maltratador asqueroso. Sí, ahora sí que lo he dicho todo.
 Kaoru, junto con sus dos ayudantes – Kôrugi y Komugi – y Mari, acompañan a la chica china hasta el hombre que viene a buscarla. Uno de los miembros de la mafia china. La verdad es que en ese aspecto la novela me sorprendió. Quiero decir, Haruki Murakami aprovecha muy bien los encontronazos entre los diferentes personajes para convertirlos, a su manera, en miembros importantes de una noche cualquiera. ¡Y vaya noche!
 No puedo decir mucho más sin destripar todo el libro. No creáis, ganas no me faltan. Pero no sería justo. Sólo haré dos comentarios más. El primero de ellos es que me gustó muchísimo la reflexión de Kôguri sobre los recuerdos. Para ella son casi tan importantes como las vivencias del presente. Gracias a los recuerdos vivimos. Su pasado me pareció bastante triste, aunque debo decir que me fascinó la fuerza del personaje en líneas generales. El segundo es, como no puede ser de otra manera, para Mari. Para mí, es un diez. Un maldito diez. Una chica que sabe que vive a la sombra de su hermana – ella es la lista, Eri es la guapa – y, pese a todo, decide irse una noche entera ella sola. El motivo, una vez más, no voy a desvelarlo. Chapó a Mari, porque es maravillosa.
 El final es bueno. Muy bueno, de hecho. Si os digo la verdad, me decepcionó un poco que el hombre de la mafia china no le pegara una paliza a Shirakawa, pero por lo demás fue maravilloso. Takahashi hace un excelente papel no sólo de mediador, sino también de punto de apoyo. No es tanto su charla sobre los arroces, el pollo o su fascinación por la abogacía; sino cómo enfoca el problema que sirve de halo para las hermanas Asai.
 No sé qué más deciros (escribiros) para que leáis el libro. Tenéis que hacerlo. De verdad que sí.

Con todo, After dark es una novela maravillosa. Una noche gris coronada por unos personajes sencillamente maravillosos. Una vez más, Haruki Murakami nos brinda una historia preciosa con esa prosa suya tan característica. Una delicia. Una lectura obligada.

Nota: 5/5

Citas

(…)
 Personas que se dirigen a algún sitio y personas que no se dirigen a ninguno. Personas que tienen un objetivo y otras que no lo tienen. Personas que querrían detener el paso del tiempo y otras que querrían acelerarlo.
(…)

(…)
-Es que, a medianoche, el tiempo transcurre de una manera especial – aclara el barman. Con un fuerte chasquido, enciende una cerilla de cartón y prende un cigarrillo –. Y es inútil oponerse a ello.
(…)

(…)
-[…] Que es posible que no exista un muro que separe ambos mundos. Y que, en caso de que exista, quizá sólo sea un endeble tabique de cartón. Y que, en el instante en que te apoyes casualmente en él, puede que se hunda y te caigas al otro lado. O quizás es que el otro lado ya se ha introducido a hurtadillas en nuestro interior, aunque nosotros no seamos conscientes de ello. […]
(…)

(…)
-¿Y sabes qué pienso? – dice entonces –. Pues que para las personas, los recuerdos son el combustible que les permite continuar viviendo. Y para el mantenimiento de la vida no importa que esos recuerdos valgan la pena o no. Son simple combustible. […] Recuerdos importantes, otros que no lo son tanto, otros que no tienen ningún valor: todos, sin distinción, no son más que combustible. – Kôrogi asiente como para sí. Luego prosigue –: Y ¿sabes? Si a mí me faltara ese combustible, si dentro de mí no hubiera esa especie de cajón de recuerdos, hace tiempo que, ¡cras!, me habría partido en dos. Y me habría muerto en cualquier rincón, tirada como un perro. Gracias a ese montón de recuerdos, valiosos o insignificantes según el momento, que van saliendo del cajón, puedo seguir viviendo, soy capaz de soportar esta pesadilla. Aunque a veces me diga a mí misma que ya no puedo más, los recuerdos me dan fuerza para seguir adelante.
(…)



14/5/17

RESEÑA #84: FAHRENHEIT 451


RESEÑA #84: FAHRENHEIT 451

¡Hola, hola, hola!

 Una semana de lo más curiosa, sin duda. Una de esas en las que, después de cierto suceso – llamémoslo “x” –, os quedáis con mal sabor de boca. Pero bueno, como decía nuestro gran Kaz Braker – uno de los protagonistas de Seis de cuervos –, <<ladrillo a ladrillo>>. Y es que… ¿Qué hay más maravilloso que acabar un domingo dejándose caer por el idílico mundillo de Blogger? ¡Pues hablaros de un libro que a mí, personalmente, me ha encantado!

 No os olvidéis de contarme qué tal están siendo vuestras actuales lecturas. Nunca es mal momento para descubrir nuevas joyitas. Y ahora… ¡Dentro reseña!

Ficha técnica


Título: Fahrenheit 451
Autora: Ray Bradbury
Editorial: De Bolsillo
Número de páginas: 176
ISBN: 9788497930055
Precio: 7,95€
Sinopsis

 Fahrenheit 451 cuenta la historia de un sombrío y horroroso futuro. Montag, el protagonista, pertenece a una extraña brigada de bomberos cuya misión, paradójicamente, no es la de sofocar incendios sino la de provocarlos para quemar libros. Porque en el país de Montag está terminante prohibido leer. Porque leer obliga a pensar, y en el país de Montag está prohibido pensar. Porque leer impide ser ingenuamente feliz, y en el país de Montag hay que ser feliz a la fuerza…

Mi opinión

 Leí 1984 y quedé encantada, así que me pregunté cómo era posible que aún no le hubiera dado una oportunidad seria a Ray Bradbury – veréis, había leído un pequeño relato hará ahora unos tres años y, sinceramente, me fascinó –. El caso es que pensé que era un buen momento y me lancé con la historia de un bombero de lo más peculiar.
 Fahrenheit 451 es, de salida, un libro igual de reivindicativo que la gran novela de Orwell – o, al menos, una de ellas –; sin embargo, carece de la crudeza, de la maldad que puebla las páginas del régimen en el que nuestro pobre Winston tiene que sobrevivir día a día. ¿Significa esto que la novela de Bradbury me dejara fría? No, ni mucho menos.
 Montag es un bombero, uno de esos que, cuando suena la alarma, baja por la barra con sus colegas, dejando una partida de póquer a medias y, una vez en camión, no pierde el tiempo para poder llegar a destino. Quemar libros. Sí, eso he dicho (escrito): quemar todos los libros. Tener libros en casa – aunque ni siquiera se lean – es un delito castigado con la exterminación directa de lo que ellos consideran “el problema”. Supongo que muchas de vosotras, muchos de vosotros, os estaréis llevando las manos a la cabeza. ¡Vaya barbaridad!
 El caso es que nuestro protagonista, tras una larga jornada de trabajo, va de camino a casa y se encuentra con una chica que se define a sí misma como una loca. Clarisse McClellan, un verdadero primor, si me permitís el inciso. ¿Y por qué está loca? Ella no quiere pasar el tiempo como el resto de sus compañeros de clase. No quiere subirse en coche a quemar gasolina a una velocidad vertiginosa, no quiere ir al parque de atracciones. No quiere hacer, en esencia, nada que le obligue a bloquear su mente.
 Bloquear la mente. Qué bonito, ¿verdad? ¿Quién no ha querido alguna vez dejar en blanco algún momento, un espacio vacío para pensar? ¿Quién no ha querido evadirse tras un día duro, no con cosas cotidianas, sino con emociones fuertes? Creo que es un buen momento para explicar por qué está prohibido tener libros y, por ende, leer. Veréis, en la sociedad que nos plantea Ray Bradbury, los libros nos hacen daño con sus palabras. Hacen que lloremos, que nos sintamos mal, que pensemos en cosas truculentas… Hacen que pensemos, me da en la nariz que ahí radica el problema.
 Así que nuestro protagonista se queda con la mente totalmente en blanco, con esa pobre niña que se refiere a sí misma como una loca, hablando de cosas tan efímeras como las flores, el campo o el hecho de que la hierba pueda oler a lluvia. Una niña que sólo quiere pasar el rato viviendo sin prisas, obviando la velocidad, el riesgo y el placer por lo que sólo consigue que nada sea importante. ¿Y qué pasa cuando alguien se encuentra con alguien que le dice verdades como puños? Exacto, empieza a pensar y… Empiezan los problemas.
 Decía que Bradbury no es tan crudo como Orwell. Lo mantengo. Ahora bien, si hay algo destacable en la prosa de nuestro escritor es que es poética. Hace de cada palabra una delicia, adornándola, edulcorándola para que algo horrible, aberrante, un sinsentido; se convierta en algo refinado, en algo que, en esencia, es agradable de leer por lo bucólico de su descripción. No miento cuando os digo (escribo) que, a mi juicio, este hombre entra en la categoría de los autores que lloran en el papel.
 Tras el encontronazo con Clarisse, Montag empieza a replantearse cosas como si será cierto que los dientes de león pueden determinar si estás o no enamorado. Cosas sencillas, cosas bonitas. Hasta que un día la niña, sencillamente, desaparece. Algo curioso, ¿verdad? Si a este hecho le sumamos un pequeño “incidente”, los problemas de nuestro amigo bombero no han hecho más que empezar.

 Y, ahora, bienvenidas y bienvenidos a la Zona Spoiler

 Es difícil hablar de un libro tan corto sin destriparlo, aunque el libro en cuestión lo conozca ya casi todo el mundo y ya quede poco que decir. Es difícil, digo, porque quiero mantenerme fiel a eso de “no contaré todo el libro”. Hablaré, entonces, de algunas cosas que me han resultado, cuando menos, curiosas.
 La primera de ellas es la siniestra relación de la mujer de Montag con la televisión. No, no me he vuelto loca – o, al menos, no tanto –. Esa mujer, al igual que muchísima gente en la sociedad que nos presenta Ray Bradbury, cree que su “familia” son los actores y actrices de la maldita televisión. Palabrita. Las paredes, en vez de ser de hormigón, de ladrillo, de pladur o de lo que diablos sean; son pantallas en las que de forma ininterrumpida sale gente que puede llegar a dirigirse a su espectador por su nombre – un sencillo formateo, al parecer –. Y digo yo, ¿en serio hay que llegar a ese límite del surrealismo? ¿No raya ya lo suficiente en lo malsano el hecho de que la mujer de Montang, Mildred, Millie para los amigos, sea la mujer más superficial y despreciable de este mundo que, encima, tiene que creer esas locuras?
 Supondréis que lo segundo de lo que quiero hablar es de Millie. Puedo decir, sin miedo a equivocarme, es la clara definición de lo que significa que alguien – ya sea hombre o mujer – sea superficial. Sólo, repito, SÓLO, quiere ver sus patéticos programas. Oh, no, perdonadme. Sólo quiere ver a su familia. ¡Venga ya! Me dio pena cuando, al principio de la novela, pareció que quería suicidarse, pero acabé por odiarla e, perdonadme por lo que voy a decir (escribir) ahora… incluso me alegré de que al final se marchara.
 Pasando a temas más importantes, el cómo Montag atesora los libros que ha ido robando me pareció sencillamente increíble. El hombre adora todo lo que lee – lo cual es más bien poco – y, un día, comete el error de hacer saber a su jefe que ha tenido un desliz. Me rompió el alma ver a lo que se puede llegar por un puñado de hojas. Quiero decir, ¿qué había de malo, realmente, en que nuestro pobre bombero tuviera unos cuantos libros? ¿Qué había de malo en que supiera quererlos y valorarlos?
  Beatty, el jefe de Montag, es todo un personaje. Alguien con muchos claroscuros, sin duda. Me resultó la mar de curioso todo lo que sabía de literatura, pese a despreciarla con cada miserable gramo de su cuerpo. Otro cantar, es ese señor ya mayor, Faber, un antiguo literato. No quiero extenderme con estos dos hombres, sólo diré que nada es lo que parece.
 Lo mejor de la novela es, sin duda, el final. Me gustan las reflexiones que plantea Ray Bradbury mientras nuestro protagonista huye del sabueso – ese perro mecánico me ponía los pelos de punta – y de la policía mientras la guerra estalla sobre sus cabezas. Me maravilló que fuera la literatura la que, al final, se convirtiera en el hilo conductor hacia un mundo diferente, uno en el que no se juzgaran las palabras como hirientes o no, sino como palabras en sí mismas, que ya es suficiente.

Con todo, Fahrenheit 451 es una novela sencillamente maravillosa, con unas reflexiones muy buenas y una prosa exquisita. Dadle una oportunidad a Montag, a Clarisse y, por supuesto, al bueno de Faber.

Nota: 4,5/5

Citas

(…)
 El rostro de ella también se parecía mucho a un espejo. Imposible. ¿Cuánta gente había que refractase hacia uno su propia luz? Por lo general, la gente era – Montag buscó un símil, lo encontró en su trabajo – como antorchas, que ardían hasta consumirse. ¡Cuán pocas veces los rostros de las otras personas captaban algo tuyo y te devolvían tu propia expresión, tus pensamientos más íntimos! ¡Aquella muchacha tenía un increíble poder de identificación!; era como el ávido espectador de una función de marionetas, previendo cada parpadeo, cada movimiento de una mano, cada estremecimiento de un dedo, un momento antes de que sucediese.
(…)

(…)
-No se trata sólo de la mujer que murió – dijo Montag –. Anoche, estuve meditando sobre todo el petróleo que he usado en los últimos diez años. Y también en los últimos libros. Y, por primera vez, me di cuenta de que había un hombre detrás de cada uno de ellos. Un hombre tuvo que haberlo ideado. Un hombre tuvo que emplear mucho tiempo en trasladarlo al papel. Y ni siquiera se me había ocurrido esto hasta ahora.
 Montag saltó de la cama.
-Quizás algún hombre necesitó toda una vida para reunir varios de sus pensamientos, mientras contemplaba el mundo y la existencia, y, entonces, me presenté yo y en dos minutos, ¡zas!, todo liquidado.
(…)

(…)
-¡Válgame Dios! – dijo Montag –. Siempre tantos chismes de ésos en el cielo. ¿Cómo diantres están esos bombarderos allí arriba cada segundo de nuestras vidas? ¿Por qué nadie quiere hablar acerca de ello? Desde 1960, iniciamos y ganamos dos guerras atómicas. ¿Nos divertimos tanto en casa que nos hemos olvidado del mundo? ¿Acaso somos tan ricos y el resto del mundo tan pobre que no nos preocupamos de ellos? He oído rumores. El mundo padece hambre, pero nosotros estamos bien alimentados. ¿Es cierto que el mundo trabaja duramente mientras nosotros dormimos? ¿Es por eso que se nos odia tanto? También he oído rumores sobre el odio, hace muchísimo tiempo. ¿Sabes tú por qué? ¡Yo no, desde luego! Quizás los libros puedan sacarnos a medias del agujero. Tal vez pudieran impedirnos que cometiéramos los mismos funestos errores. No oigo a esos estúpidos en tu sala de estar hablando de ello. Dios, Millie, ¿no te das cuenta? Una hora al día, dos horas con estos libros, y tal vez…
(…)

(…)
-No quiero cambiar de bando y que sólo se me diga lo que debo hacer. En tal caso, no habría razón para el cambio.
(…)

(…)
Oh, amor, seamos sinceros
 El uno con el otro. Por el mundo que parece
Extenderse ante nosotros como una tierra de enseños,
Tan diversas, tan bella, tan nueva
Sin tener en realidad ni alegría, ni amor, ni luz,
Ni certidumbre, ni sosiego, ni ayuda en el dolor;
Y aquí estamos nosotros como en lóbrega llanura,
Agitados por confusos temores de lucha y de huida,
Donde ignorantes ejércitos se enfrentan cada noche.
(…)

(…)
 Las palabras son como hojas, y cuanto más abundan raramente se encuentra debajo demasiado fruto o sentido, de Alexander Poe.
(…)

(…)
 Vio que la luna se hundía en el firmamento. La luna allí, y su resplandor, ¿producido por qué? Por el sol, claro. ¿Y qué iluminaba al sol? Su propio fuego. Y el sol sigue, día tras día, quemando y quemando. El sol y el tiempo. El sol, el tiempo y las llamas. El río le balanceaba suavemente. Llamas. El sol y todos los relojes del mundo. Todo se reunía y se convertía en una misma cosa en su mente. Después de mucho tiempo de flotar en el río, Montag supo por qué nunca más iba a quemar algo.
 El sol ardía a diario. Quemaba el Tiempo. El mundo corría en círculos, girando sobre su eje, y el tiempo se ocupaba en quemar los años y a la gente, sin ninguna ayuda por su parte. De modo que si él quemaba cosas con los bomberos y el sol quemaba el Tiempo, ello significaba que todo había de arder.
(…)

(…)
 Aquello era todo lo que deseaba. Algún signo de que el inmenso mundo le aceptaría y le concedería todo el tiempo que necesitaba para pensar lo que debía ser pensado.
(…)

(…)
 No estaban seguros de que todo lo que llevaban en sus mentes pudiese hacer que todos los futuros amaneceres brillasen con una luz más pura, no estaban seguros de nada, excepto de que los libros estaban bien archivados tras sus tranquilos ojos, de que los libros esperaban, con las páginas sin cortar, a lectores que quizás se presentaran años después, uno, con dedos limpios, y otros, con dedos sucios.
(…)

(…)
-[…] <<No importa lo que hagas – decía –, en tanto que cambies algo respecto a cómo era antes de tocarlo, convirtiéndolo en algo que sea como tú después de que separases de ello tus manos. La diferencia entre el hombre que se limita a cortar el césped y un auténtico jardinero está en el tacto. El cortador de césped igual podría no haber estado allí, el jardinero estará allí para siempre.>>
(…)

(…)
-[…] Detesto a un romano llamado Statu Quo>>, me dijo. <<Llena tus ojos de ilusión – decía –. Vive como si fueras a morir dentro de diez segundos. Ve al mundo. Es más fantástico que cualquier sueño real o imaginario. No pidas garantías, no pidas seguridad. Nunca ha existido algo así. Y, si existiera, estaría emparentado con el gran perezoso que cuelga boca abajo de un árbol, todos y cada uno de los días, empleando la vida en dormir. Al diablo con eso – dijo –, sacude el árbol y haz que el gran perezoso caiga sobre su trasero.>>

(…)

6/5/17

Wrap Up Mayo (2017)


WRAP UP

Mayo (2017)

¡Hola, hola, hola!

 ¿Qué tal ha empezado el mes? ¿Las alergias os están dando mucho la tabarra? Espero que no – yo estoy un poquito hasta las narices de ir con el paquete de pañuelos a todas partes –. ¡Pero vamos con un tema menos deprimente! ¿Leísteis mucho durante el mes de abril? ¿Ha empezado bien mayo? Yo no me quejo demasiado, la verdad… ¿Vamos con la entrada y os cuento un poquito más?




EL DIARIO DE BRIDGET JONES, de Helen Fielding

Nota: 3/5



 El mes de abril empezó algo flojucho – bueno, realmente este libro lo empecé a leer a finales de marzo – con esta primera lectura y es que, como os comenté en la reseña, es de esas novelas que me han dejado más bien fría. La trama está bien, sin duda, es de esas que, mientras las lees, te entretienen. Ahora bien, he de confesar que, cuando veía el libro, no sentía demasiadas ganas (por no decir prácticamente ningunas) de seguir leyendo.
Si tuviera que hablar de algo verdaderamente positivo de El diario de Bridget Jones sería, sin duda, la ruptura con clichés aún vigentes. Con esto me refiero a esa manía que tienen algunas autoras de confeccionar a protagonistas no sólo guapas, sino rematadamente preciosas, inteligentes, maravillosas, y toda una sarta de bla-bla-bla que, al menos a mí, consigue ponerme enferma. Bridget no es perfecta, de hecho es un completo desastre. ¿Y qué? Ella es feliz, al menos todo lo que puede serlo, y es eso, amigas y amigos, es lo mejor que nos aporta la obra.

1984, de  George Orwell

Nota: 5/5



 ¿Qué decir, que no se haya dicho ya? Adoro la obra. Sí. Adoro lo que Orwell nos propone, su forma de darnos un bofetón en toda la cara, su grito de “¡pensemos de una maldita vez, no somos ovejas!”. Leedlo. De verdad. Tenéis que dar una oportunidad a 1984. Para mí ha sido – y será – una de las mejores novelas que he leído en años. ¿Cómo no puede serlo, después de todo lo que vivimos de la mano de Winston? Un héroe, joder, un maldito héroe.

FAHRENHEIT 451, de Ray Bradbury

Nota: 4,5/5

(Reseña muy pronto)


 Estoy segura de que, si hubiera leído este libro antes que el anterior, le hubiera dado mucha más nota. Ahora bien, esto no significa que no me gustara. Todo lo contrario. SI Orwell es duro en sus descripciones, crudo en sus detalles; Bradbury es un poeta. Su forma de escribir, su forma de decir las cosas más simples, es tan condenadamente bonita, tan lograda, que sólo puedo pediros – prácticamente suplicaros – que le deis una oportunidad. Sé que puede parecer un topicazo, sé que podéis pensar “Carme, cierra esa bocaza de una vez, que aquí cada uno hace lo que le da la gana”. Y, aunque tengáis razón, os repito que vale la pena. Ray Bradbury muestra una historia cruda, algo que rasga el alma y hace replantearse cosas tan importantes como el mismo significado de la literatura. Este libro hace que adoremos los libros. ¿No es eso motivo suficiente para leerlo?


Y estas han sido todas mis lecturas del mes de abril. No está mal, sobre todo teniendo en cuenta que por fin me he atrevido de verdad con los clásicos. Pero ya sabéis que yo no soy ni la mitad de divertida que vosotras y vosotros.

¿Qué leísteis durante abril? ¿Alguna joyita recién descubierta? ¿Un poeta dentro de nuestra querida narrativa? ¿Algo que queráis recomendarme? ¿Alguna decepción terrible?

¡Contadme, contadme, contadme!

¡Un besazo muy pero que muy grande!


29/4/17

RESEÑA #83: 1984


RESEÑA #83: 1984

¡Hola, hola, hola!

  ¿Qué tal os va todo? ¿Bien? Espero que sí. Esta semana os traigo la reseña de unos de los libros que, sin duda, se ha convertido en uno de los mejores que he leído en mucho tiempo.

 ¡Dentro reseña!

Ficha técnica


Título: 1984
Autora: George Orwell
Editorial: De Bolsillo
Número de páginas: 352
ISBN: 9788499890944
Precio: 7,55€
Sinopsis

 En el año 1984 Londres es una ciudad lúgubre en la que la Policía del Pensamiento controla de forma asfixiante la vida de los ciudadanos. Winston Smith es un peón de este engranaje perverso, su cometido es reescribir la historia para adaptarla a lo que el Partido considera la versión oficial de los hechos… hasta que decide replantearse la verdad del sistema que los gobierna y somete.

Mi opinión

 La sociedad es completa y absolutamente totalitaria. La dictadura del Gran Hermano, ese del que se dice que todo lo ve y todo lo sabe, oprime a todos los que forman parte del partido, esos trabajadores que viven en piscuhos, comen lo que en sus cantinas llaman “el menú del día” – algo que va a caballo entre la basura y una suela de zapato – y se hinchan a beber café que bien podría ser agua negra y ginebra. Ginebra Victoria.
 Pensar es un delito. El modelo ideal de estúpido fanático del partido político es alguien que se deje mangonear, que comprenda y sepa llevar a cabo el “doble-pensar” – algo de lo que hablaré más adelante –. Alguien lo suficientemente idiota como para no cuestionarse nada. Alguien, en esencia, manipulable.
 La guerra, esa de la que todo el mundo habla, trajo consigo el nuevo régimen. Las mejoras, dicen. El Gran Hermano. El pasado no existe, el presente es incierto y el futuro poco más que una falacia.
 En este ambiente decadente, perturbadoramente obsceno, encontramos una de las poquísimas personas que, ¡gracias a Dios!, todavía conserva el sentido común. Winston Smith, uno de los funcionarios del partido, sabe lo que tiene que hacer para sobrevivir. Sabe que hay que respetar los toques de queda, que debe acudir al centro recreativo a consumir ginebra y hablar de lo que todo el mundo espera que se hable. Sabe, además, que debe participar con todo su entusiasmo, en los “2 minutos de odio”, que debe levantarse cada maldita mañana y realizar los estúpidos ejercicios que le pide la telepantalla… Sabe que pensar es el fin de sus días.
 No había leído nada del autor hasta ahora. Mi primera impresión, cuando tuve esta joya en las manos, fue que no tenía la más remota idea de qué escondían sus páginas. Un diamante en bruto, eso es. George Orwell fue – y seguirá siendo – un revolucionario, alguien que se enfrenta al sistema, alguien que tiene las narices suficientes como para decir que somos unas malditas ovejitas obedientes, que hacemos lo que se espera de nosotros. ¿Nos dicen que no pensemos? ¡No lo hacemos! ¿Nos piden que agachemos la cabeza y asintamos? ¡Pues lo hacemos, qué demonios! NO, NO, NO Y NO. Reivindica todos nuestros derechos, diciéndonos, alto y claro, que nuestras mentes son nuestra mayor fuerza, nuestra mejor arma. Un arma de la que priva a sus protagonistas. ¿Cómo es posible, me pregunto yo, que alguien que lleva sesenta y siete años muerto tuviera tanta maldita razón?
 Cosas tan surrealistas como “La liga anti-sexo”, “Los espías”, “El Ministerio de la Verdad”, “El Ministerio del Amor” y “El Ministerio de la Abundancia” se convierten en pilares totalitaristas en esta novela. Una liga que se dedica a decir a las personas que el sexo debe emplearse sólo para la reproducción, un grupo que pretende que críos de poco más de cuatro años denuncien a sus padres a la maldita Policía del Pensamiento; y tres asquerosos ministerios que encarnan todo el mal que podáis llegar a imaginaros.
 Una aberración, eso es lo que nos muestra George Orwell. Un mundo totalmente sometido, en el que cualquier pensamiento, cualquier comentario sacado de contexto, acaba con una visita al Ministerio del Amor y una vaporización – término con el que el autor se refiere a la muerte de los que cometen traición.
 Debo decir que he adorado cada una de las palabras de este libro. El espíritu de Winston, sus ganas de establecer pequeños cambios, sumados a su miedo y su continua psicosis es, sencillamente, sublime. Orwell nos presenta a un protagonista mayor, con una úlcera en la pierna, alguien que se dedica a modificar el pasado en el Ministerio de la Verdad. ¡Preciosa ironía, su trabajo! Me fascinó leer las reflexiones de Winston Smith, cómo él entendía el horrible mundo en el que vive, cómo rescata pensamientos de antes de el Gran Hermano – alguien que recuerda a Hitler y Stalin –. Él, de pequeño, era poco más que un monstruo llorón y quejica, alguien que hizo imposible la vida a su madre y su hermana. Alguien que vivió tiempos de guerra y pasó hambre, alguien que no puede tolerar una dictadura, porque sabe que, aunque le priven de ellos, tiene derechos.
 Sobra decir que, mayoritariamente, el libro es una novela de situación. La realidad de Winston está tan bien trabajada, tan bien construida, que cada página se convierte en un ladrillo más de la barbarie. Un detalle curioso, al menos a mi juicio, fue el asunto de la “Nueva Habla”. Acortar las palabras, mandar al infierno a otras. Simplificar la vida hasta el límite de que cometer crimen pensar sea imposible. Aterrador, ¿verdad?
 Como decía unos párrafos más arriba, el crimen pensar es algo, a mi modo de entender las cosas, del todo surrealista. Un modo meramente intuitivo de interpretar los gestos faciales, de generar miedo para que cualquier sujeto confiese todo aquello de lo que se le pueda acusar. ¿Y cómo hacen esto? Con las malditas telepantallas. Como suena. Una televisión enorme en la que siempre hay alguien vigilando todos tus malditos movimientos, incluso cuando duermes. Encantador, ¿eh?
 Si me paro a pensarlo, no puedo contaros mucho más sin entrar en la zona de los spoilers. Sólo os diré que un día, nuestro protagonista decide comprar un cuaderno de hojas gruesas – unas que él llama “hojas nata” – y empieza a volcar en ellas sus pensamientos. ¿Y cuál es el más fuerte, el más imperante, el que de verdad hace que siga respirando? Fuera el Gran Hermano.

 Y, ahora, bienvenidas y bienvenidos a la Zona Spoiler

 Chapó. Chapó una y mil veces a George Orwell. Escribir esto en 1948 tuvo que ser, cuánto menos, una tarea ardua. Ya no hablemos de poder hacer que su obra viera la luz. Así que sí, amigas y amigos, yo aplaudo a  este hombre por haber tenido las santas narices de hacer algo tan maravilloso, algo tan real, algo que denuncia con unas verdades del todo fulminantes.
 Winston se convierte, tras la compra del diario, en una próxima víctima. Él no entiende por qué no aparece la Policía del Pensamiento, por qué no se lo llevan y le hacen lo que sea que hagan con todos los “delincuentes” en el Ministerio del Amor. Pero, lo que de verdad no entiende, es cómo esa chica tan guapa, tan arrebatadoramente fuerte, del Departamento de Ficción, deja una nota en su mano en la que pone “Te quiero”.
 Veréis, la sociedad planteada por Orwell se rige por emociones básicas: el odio, el miedo y la euforia. Emociones que no llevan a nada bueno. La exaltación ante los triunfos, todos ellos meramente ilusorios, del ejército. El miedo a ser descubierto. El odio hacia todo lo demás. Por supuesto, no hay cabida para el amor y, pese a ello, Julia jura amar a Winston porque es como ella, alguien que no cree en nada de lo que escucha, alguien que se deja arrastrar por el sistema para sobrevivir.
 Contrariamente a lo que podáis pensar, Julia me gustó mucho. Me explico. La chica no tiene mayor aspiración que respirar cada día, seguir con su aburrida vida sin levantar la menor sospecha. Es fuerte, para nada sumisa y sabe lo que quiere. A Winston, al parecer – sinceramente, sigo sin entender qué demonios le atrajo de él, a la chica.
 Algo muy diferente, os diría de personajes como el señor Charington o O’Brien. Veréis, no quiero desvelar absolutamente nada pese a estar en la zona en la que, al menos a nivel teórico, soy libre de hacerlo; sólo os adelantaré que el primero tiene una tienda de objetos de segunda mano y alquila una habitación a Winston y Julia. El segundo, por su parte, es alguien que fascina a Winston hasta lo absurdo. No hablo (escribo) por hablar (escribir). Nuestro protagonista siente verdadera adoración hacia O’Brien. Algo en él hace que crea que le entiende y, permitid que me ponga cínica, vaya, si lo hace
 La novela carece de acción hasta más o menos las últimas cien o ciento cincuenta páginas. Una batalla continua por sobrevivir, eso sí, en la que la guerra de Oceanía – donde figura Londres con Australia y América – se lleva a cabo con aliados que varían entre Eurásia o Orientásia – según le vaya bien al Partido, claro. Total, es tan sencillo como modificar el pasado y que la gente sea borrega y se lo trague todo.
 Me gustó el hecho de que Winston tuviera el aplomo suficiente como para aceptar el libro de Goldnstein – máxima amenaza contra el estúpido Partido –. Me gustó, decía, porque demuestra que el hombre es un revolucionario de los de verdad. Una lástima que sus planes se vean truncados por culpa de, digamos, problemas de última hora.
 Sin entrar en detalles, diré que me pareció aberrante el trato que se le brindó en El Ministerio del Amor. Le hicieron de todo: pegarle, privarle de comer, de dormir, soltarle descargas de tres pares de narices… Pero, ojo, la peor de todas, a mi juicio, fue la justificación. El Partido no quiere crear mártires, no quiere asesina a “traidores” para convertirlos en símbolos de una revolución que sólo podrían llevar a cabo los proles – todas las personas que somos pobres, para que nos entendamos. La clase media, a más alargar –. Quiere que sean los propios “traidores” quienes quieran morir por haber desconfiado del Gran Hermano – símbolo inmortal de la causa –. Quieren que amen al Gran Hermano.
 No hablaré del final. No diré qué es lo que pasa con Winston. Sólo os diré que tenéis que leer este libro porque, como muy bien nos dice George Orwell, nadie debería ser el borrego de nadie. Nadie debería decirnos cómo debemos actuar, porque somos todos iguales. En cada sociedad, sea “x” o “z”, hay personas que, como nosotras y nosotros, piensan lo que se supone que deben pensar.
 Para mí, Winston es – y será –, un héroe. Alguien que lucha, que lucha de verdad, hasta que el poder fulminante lo pone de rodillas. Voluntad quebrada por la fuerza, una sombra, amigos y amigas. Un maldito héroe que no siempre gana la batalla.

Con todo, 1984 es una novela maravillosa. Con una prosa cuidada, directa y cruda; George Orwell nos sumerge de lleno en una historia truculenta, dolorosa. Una que habla de pensar, de abrir la mente. Una que habla de opresiones terribles. Por favor, leedlo.

Nota: 5/5

Citas

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 Disimular los sentimientos, controlar la expresión de la cara y hacer lo mismo que todo el mundo era una reacción instintiva.
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 Nada te pertenecía, excepto unos pocos centímetros cúbicos del interior de tu cráneo.
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 Si el Partido podía alargar la mano hacia el pasado y decir que éste o aquél acontecimiento nunca ha pasado, ¿no era más terrible eso, sin ninguna duda, que la simple tortura y muerte?
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 Era terriblemente peligroso dejar que los pensamientos se te fueran, vagando, cuando te encontrabas en un lugar público o dentro del radio de la telepantalla. El más pequeño pensamiento te podía llevar a la ruina: un tic nervioso, una mirada inconsciente de ansiedad, una costumbre de cavilar para ti mismo, cualquier cosa que comportara la sugerencia de falta de normalidad, de tener algo que esconder.
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 El peor enemigo, rumiaba, es el propio sistema nervioso.
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 Hasta que no se hagan conscientes no se rebelarán, y hasta que no se hayan rebelado, no podrán ser conscientes.
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 En el campo de batalla, en la cámara de tortura, en el barco que se hunde, las ideas básicas por las cuales estás luchando siempre se dejan de lado, porque el cuerpo se embota hasta el punto de llenar todo el universo. E incluso cuando no te quedas paralizado por el miedo o no te pones a gritar por el dolor, la vida es una lucha segundo a segundo contra el hambre, el frío o la imposibilidad de dormir, contra un ardor de estómago o un dolor de muela.
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 Todo el mundo deseaba un lugar en el que poder estar solo de vez en cuando. Y cuando se conseguía un lugar así, era un deber de cortesía en cualquiera que lo conociera de guardar dicho lugar para sí mismo.
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 Si quieres a alguien, le quieres, y cuando ya no tienes nada más que darle, le das amor.
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 Era curioso pensar que el cielo era el mismo para todo el mundo, tanto en Eurásia, como en Orientásia, como aquí. Y las personas bajo el cielo eran también más o menos iguales en todos sitios, en el mundo, centenares de miles de personas, ignorantes de las existencias de los unos y los otros, mantenidas a parte por muros de odio y mentiras, y pese a esto, casi exactamente las mismas.
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 ¿Qué puedes hacer, pensaba Winston, contra un lunático que es más inteligente que tú, que da a tus argumentos la oportunidad de ser escuchados imparcialmente y luego, simplemente, persiste en su locura?
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