18/7/16

RESEÑA #69: A CONTRALUZ


RESEÑA #69: A CONTRALUZ


¡Hola, hola, hola!

 Pues sí: la saga cayó entera. Pronto tendréis también la reseña de la cuarta parte, pero… mejor vamos en orden, ¿verdad? He estado unos días sin Internet – porque si en mi vida no hay un poco de caos al menos una vez a la semana no mola nada de nada, claro –, así que perdonad la tardanza. Ya sabéis… ¡fallos técnicos!
¡Dentro reseña!


Ficha técnica


Título: (Luz y sombras 3) A contraluz
Autora: Alice Raine
Editorial: Grijalbo
Número de páginas: 304
ISBN: 9788425353901
Precio: 15,90€
Precio formato electrónico (Kindle): 7,99€

Sinopsis

Nathan ha descubierto que sus sentimientos hacia Stella van más allá del placer de su sumisión, pero, ¿será capaz de enamorar a la mujer que se ha entregado a él porque colmaba sus fantasías más inconfesables?
Al mismo tiempo, Stella se está enamorando de Nathan y reconoce que el erotismo sin barreras de los primeros encuentros está dando paso a otra clase de relación en la que ambos se sienten más inseguros. La incertidumbre conlleva problemas a los que esta pareja desinhibida todavía no se había tenido que enfrentar.
Hay hombres capaces de acelerarte el corazón con una mirada. Hay mujeres que pueden cambiarte la vida. Hay sombras que solo el amor puede disipar.
Hay historias que te atrapan desde la primera página.
Esta es una de ellas.

Mi opinión

 Tras la tensión acumulada en las últimas veinticuatro horas, Stella se siente exhausta. Sin saber qué esperar de Nathan después de echarla de casa, se aventura en nueva semana de trabajo, con la atención totalmente dispersa y las ideas hechas revoltijos por su mente. Es entonces cuando llega la llamada: un elemento distractor. Su hermano ha vuelto a la ciudad después de pasar una buena temporada destinado por los países del sur. Militar convencido, un chico realmente encantador; pero, claro… Nathan no tiene ni idea de quién es ese chico… ¡Celos a la vista!
 Debo decir que al principio me asusté. Temí que la autora quisiera tirar por la vía fácil, colocando a un chico que pudiera establecer un odioso – sólo en caso de estar mal construido, por supuesto – triángulo amoroso. Ojo, que no digo que ese “recurso” no me guste, todo lo contrario. Me gusta siempre y cuando tenga sentido y, después de todo lo que pasa nuestro intento fallido de pareja… sobraba. Supongo que esa era precisamente la intención de Alice Raine: no se nos dice que el chico que acompaña a Stella es su hermano hasta el mismo momento en que ella se lo presenta a Nathan hecha una furia.
 La reacción de Nathan, posesiva, celosa y territorial me disgustó muchísimo. Entrando en este tema quiero rescatar un par de ideas que, si sois asiduas y asiduos al blog, ya conoceréis: no creo que los celos sean sanos, de hecho son sumamente estúpidos. Vamos a ver: ¿aparte de autodestruirnos, qué más aportan? Nada, por el amor de Dios: ¡no aportan nada! La segunda idea que quiero traeros es la de “marcar como mío o mía”. Creo que después de 2016 años de historia va siendo hora de entender que nadie pertenece a nadie y que, si los celos llevan a marcar, casi que mejor empezamos a comprar vacas y ya, si eso, les hacemos uno de esos odiosos sellos, ¿eh?
  Lo único que rescato de esa situación es el hecho de que él, al comprender lo sumamente desmedida que ha sido su reacción – eso sí: ya siendo consciente de que se trata de su hermano – se disculpa. Esto puede parecer algo evidente, pero, creedme, una disculpa de boca de Nathaniel Jackson es todo un acontecimiento. La evolución, una vez más, es palpable a lo largo de la novela con pequeños gestos.
 Retomando su intrincada vida sexual, Stella empieza a ser consciente de lo mucho que le gusta la compañía de Nathan. Y él también. El sexo empieza a ser mucho más tierno, menos, digamos, sucio, en algunos aspectos. Me fascina la evolución que puede palparse en ese sentido y es que, aunque es cierto que las escenas de cama suponen el eje de la relación, hay pequeños deslices, pequeños momentos en los que él parece mucho más dispuesto a ir más allá de sus propios límites, de sus normas y de sus ideas preconcebidas de lo que puede o no puede ser una  relación sana y normal.
 Todo se trunca, sin embargo, cuando Nathan recibe la noticia de que la empresa que le roba las licitaciones, esa que ni siquiera tiene nombre y que siempre supera sus precios en un 18%, podría suponer un grave problema para su economía a largo plazo – o corto, según se mire –. ¿Quién es el topo de la empresa, entonces? ¿Puede confiar en Stella? ¿Y Stella? ¿Podrá seguir con esa relación que, por mucho que le pese, no parece avanzar todo lo rápido que a ella le gustaría?

 Y, ahora, bienvenid@s a la Zona Spoiler

 Me parece abrumadora la cantidad de información que se nos da a lo largo de esta novela. Pero no en el mal sentido, ¡ni mucho menos! Centrarnos en las perspectivas de ambos personajes, como comenté en la reseña de la anterior entrega, me fascina. Debo reconocer que mi retorcida cabeza lo pasaba mejor leyendo los pensamientos de Nathan que los de Stella, pero, vamos a ver: Stella es una persona con la que es mucho más fácil sentirse, en algunos aspectos, identificada o llegar a sentir verdadera empatía con ella. Nathan, sencillamente, no. Tampoco es que rompa todos los moldes de lo que, hasta ahora, he podido leer o conocer. Desgraciadamente no es el caso. Pero sí que es cierto que hay algo en su mente, algo en su forma de comprender las cosas, que no dejaba de sorprenderme.
 El tema de los robos de los contratos y los mejores precios de la empresa sin nombre pasan a convertirse en un tema que va ganando y perdiendo protagonismo. Me gusta el hecho de que Alice Raine no intente sumergirnos de lleno en una trama de intrigas y traiciones empresariales, más que nada porque hubiera muerto de aburrimiento y, muy probablemente, hubiera abandonado la novela. Sin embargo, os diré que, aunque tuve mis dudas respecto a algunos personajes, en ningún momento sospeché de quién realmente estaba detrás de todo el asunto.
 Retomando la trama Nathan-Stella, que es la que realmente me ocupa en esta novela… he quedado fascinada. Vamos a ver, siempre he tenido mis reservas a la hora de leer una historia de la que ya se nos han dado ciertos retazos, repitiendo situaciones, conversaciones y reacciones. Tenía cierto miedo a caer en el aburrimiento, a no ver más allá de lo que ya había interpretado desde una primera perspectiva mucho más subjetiva. Gracias a Dios, no fue así. Alice Raine tiene una habilidad majestuosa a la hora de mostrarnos, poco a poco, cómo Nathan se ve fuertemente condicionado por la relación de Nicholas y Rebecca. Como ya comenté, nuestra anterior protagonista, Rebecca, me gustó mucho y ver ahora lo que piensan tanto Nathan como Stella estando en su presencia… chapó a la autora.
 Los acontecimientos que llevan a nuestro protagonista a prácticamente suplicar la ayuda de Rebecca, ya conocidos, hicieron que comprendiera un poco mejor la situación. Si recordáis, en la primera novela me quejé precisamente de eso: era todo, a mi juicio, muy precipitado, demasiado fácil. Esta vez, sin embargo, creo que el modo en que todo pasa se ajusta muy bien a cómo ve Nathan las cosas. Pasar tiempo con Stella le obliga a centrarse, a ver que ella es mucho más que, como se dice cerca del final de novela, <<un polvo fácil>>. Es bonito que una persona tan controladora y, a veces, egocéntrica pueda sentirse tan vulnerable en presencia de una chica que sencillamente sigue con él porque, muy a su pesar, está enamorada hasta las trancas. ¡Y no es para menos! Antes de que me tildéis de rara de narices, quiero deciros algo: yo no querría un Nathan en mi vida: acabaríamos matándonos, más que nada porque, amigas y amigos, yo no tolero las órdenes, sencillamente me resbalan. Retomando el tema, por otro lado, reconozco que me gusta el modo en que nuestro protagonista empieza a relajarse, sacando su carácter habitual sólo en situaciones límite para él.
 No quiero contar mucho más para no estropearos el final, pero sí diré dos cosas. La primera es que entendí perfectamente la reacción de Stella el encontrarse su gargantilla y el contrato dominante-sumisa roto sobre la encimera de la cocina. Teniendo en cuenta lo complicado que es hablar con Nathan, ¿quién iba a pensar algo que no fuera ruptura inmediata? La segunda es que, una vez más, la actuación troglodita de nuestro protagonista al volver después de una semana de viaje de negocios a casa y encontrar la habitación de Stella vacía fue… desmedida, innecesaria y, lo que es aún peor, propia de un crío de cinco años con una pataleta de “agárrate que vienen curvas” porque su madre no ha querido comprarle una maldita piruleta en el kiosco del pueblo.
 El último comentario que haga no va a ir referido a ninguno de los acontecimientos finales, sino al surrealismo de uno de los capítulos. A mi juicio, encontrarse por las calles de Londres con Melissa, la primera sumisa de Nathan – ahora con un bebé – y, para más inri, con el ex novio de Stella… sobraba completamente. Con eso sólo se nutren los retorcidos celos de ambos y, supongo, se deja alguna que otra puerta abierta en lo que a Melissa respecta para la próxima entrega. En cualquier caso: fueron unas diez o quince páginas que podría haberme saltado tranquilamente.

Con todo, A contraluz es una tercera parte de saga preciosa, mucho más tierna, con pinceladas románticas, no tanto “picantes” que, en lo personal, me ha gustado mucho. Una vez más, la pluma de Alice Raine nos acompaña en una aventura de amor-desamor perfecta.

Nota: 4,5/5

Citas

(…)
-Sí, señor Jackson, ha llegado a mis oídos que su habilidad para lamer sellos es atroz.
 Procuré sonar arrogante y hablar con absoluta seriedad, pero… ¿lamer sellos? ¿De dónde demonios me había sacado aquello?
(…)

(…)
 Si me ponían en una sala de juntas, delante de veinte clientes potenciales, podía hablar hasta aburrir, pero comentar mis sentimientos… No, Por Dios. Demasiado estirado. Solo de pensarlo me daban náuseas. No  era lo mío.
(…)

(…)
 Kenny habría tildado el tono de <<vomitástico>>, de esos que te hacen vomitar si tienes que aguantarlo mucho rato o muy a menudo.

(…)

12/7/16

RESEÑA #68: YO ANTES DE TI


RESEÑA #68: YO ANTES DE TI

¡Hola, hola, hola!

 Después de unos días de vacaciones (4, exactamente), aquí me tenéis, esta vez con la entrada del gran estreno del mes. Sí, sí, sí. Yo, como siempre, llegando tarde pero, eh, ¡he cumplido! No sé cuánto tiempo hacía que tenía el libro pendiente – más de un año, seguro –, pero, por fin puedo decir que sé qué se esconde entre sus páginas.
 ¡Dentro reseña!

Ficha técnica



Título: Yo antes de ti
Autora: Jojo Moyes
Editorial: Punto de lectura
Número de páginas: 496
ISBN: 9788466331395
Precio: 9,95€

Sinopsis

 Louisa Clark sabe muchas cosas. Sabe cuántos pasos hay entre la parada del autobús y su casa. Sabe que le gusta trabajar en el café The Buttered Bun y sabe que quizá no quiera a su novio Patrick. Lo que Lou no sabe es que está a punto de perder su trabajo o que son sus pequeñas rutinas las que la mantienen en su sano juicio. Will Traynor sabe que un accidente de moto se llevó sus ganas de vivir. Sabe que ahora todo le parece insignificante y triste y sabe exactamente cómo va a ponerle fin. Lo que Will no sabe es que Lou está a punto de irrumpir en su mundo con una explosión de color. Y ninguno de los dos sabe que va a cambiar al otro para siempre. Yo antes de ti reúne a dos personas que no podrían tener menos en común en una novela conmovedoramente romántica con una pregunta: ¿qué decidirías cuando hacer feliz a la persona a la que amas significa también destrozarte el corazón?

Mi opinión

 La historia del hombre cabezón por antonomasia y la mujer que menos claro tenía quién era. Así lo veo yo. Voy a poneros en situación, y atención porque la cosa está muy mal. Louisa Clark es una mujer entregada a su trabajo, el de camarera, hasta que un día el dueño decide hacer las maletas, pagarle algunos meses de trabajo no realizado y largarse a la lejana Australia. Pero hay más. Patrick es su novio, un tío al que yo le metía las zapatillas de deporte por su espléndido ojete de corredor y le decía “ahí te quedas, desgraciado”. La viva imagen del desinterés. Tal cual os lo cuento. Creo que pocas veces en mi vida me he sentido tan frustrada por no poder entrar a

poner en su sitio a semejante trozo de… Suficiente. ¿Ya? ¿Ya está todo dicho? No, no. Ni mucho menos. La guinda del pastel es una hermana egoísta donde la haya, que se cree con derecho a mandar en casa de sus padres y que se cree Wikipedia. Duras palabras, ¿no? Pues todavía no he empezado a despotricar, creedme.
 Después de unos días de vivir en la cuerda floja, suspirando por conseguir un trabajo, nuestra Lou consigue una entrevista con Camilla Traynor, una juez de paz de renombre que busca a alguien dispuesto a hacerse cargo de su hijo tetrapléjico, C5/C6 para más señas, Will Traynor. Nuevos elementos, recién saliditos del horno. Camilla, una mujer amargada que no ve más allá de su frente pero que, he de decir, se desvive por hacer que hijo pueda ser feliz.
 Supongo que estaréis pensando que he odiado el libro y lo curioso es que, pese a que no hay más que tres personas buenas a lo largo de la historia, me ha encantado. Hacía mucho tiempo que no encontraba una historia que me rompiera los esquemas mentales de ese modo y es que, por si alguien todavía no lo sabe, Yo antes de ti trata temas de lo más controvertidos. Asuntos que, por supuesto, trataré en la zona con spoilers para no desvelar nada a aquellas personas que, al contrario que yo, no sepan más o menos qué derroteros va a tomar la novela.
 Retomando lo que nos ocupa, que no es ni poco ni fácil, Lou pasa la entrevista. Camilla le cuenta los pormenores de su nuevo trabajo, que consiste básicamente en mantener limpio el pabellón y vigilar a Will. Una niñera muy bien pagada… sólo que nuestro querido Traynor tiene treinta y cinco años y un carácter de lo más difícil. Esto es lo primero que descoloca a nuestra protagonista y es que el chico ya cuenta con un enfermero: Nathan.
 Al principio no se pueden ni ver. Will es grosero, desagradable, rayando la egolatría y, en ocasiones, siendo tan horriblemente sincero que Lou tiene que contar hasta diez para no sacarle los ojos. El poder del dinero, sin duda, porque nuestra protagonista no puede permitirse el lujo de perder el trabajo. ¿Cómo iba si no a mantener a esa familia tan maravillosa, que se preocupa más de la que la buena de Treena pueda dormir a gustito y volver a la universidad
que de que su hija mayor diga que tiene un trabajo en el que no se siente vapuleada, o sobrepasada, por la situación? Y es que no hablo en broma cuando digo que me han parecido una panda de desgraciados egoístas e hipócritas. Todos y cada uno de ellos. Tal vez sólo se libren Thomas, el hijo de Treena, y el abuelo, que bastante tiene con mantenerse vivo a sí mismo. 

 El caso es que la cosa mejora cuando un día Lou le planta cara a Will, dejándole claro que su actitud es francamente repulsiva, que ella sólo quiere el dinero y que, ¡olé, sí señora!, ella trabaja para su madre, no para él.
 Sólo leía maravillas de este libro. Todo el mundo lo alzaba al décimo cielo, alegando que era una obra maravillosa, desgarradora… una historia que deja huella. Y qué cierto, maldita sea. Es cierto que la prosa de Jojo Moyes no es nada del otro mundo. Banal, diría yo, aunque directa. Es su forma de hacernos llegar las cosas, de mostrarnos el mundo interior de Lou y, ocasionalmente, el de otros personajes, lo que ha hecho que esta novela logre romperme en mil pedazos. Porque sí, amigas y amigos, he llorado. Y mucho.
 Lou empieza a sentir que todo mejora. Parece aceptar su nueva situación, viéndose de golpe inmersa en largas e interesantes conversaciones con ese tetrapléjico protestón y cabezota que, poco a poco, empieza a tener un humor más alegre, más… juguetón. Hasta que un día, con la llegada de Georgia, la hermana de Will, Lou descubre la verdad. Una verdad cruda, algo que, sin duda, le hará replantearse seriamente todas sus convicciones. ¿Es todo lo que le han enseñado válido o debería plantearse una ética nueva? ¿Es cierto que ese es el verdadero motivo de su contrato… ese que, casualmente, sólo dura seis meses? ¿Podrá Lou sobrevivir a todo ello o, por el contrario, lanzará la toalla?

 Y ahora, bienvenidas y bienvenidos a la Zona spoiler

 Estoy muy cabreada. Muchísimo. No os hacéis una idea de las ganas que tuve de lanzar el libro por la ventana después de leer todo lo que pasaba. ¡Maldita sea, que yo tengo las ideas muy claras! Para gusto de unas personas y disgusto de otras, yo estoy completa y absolutamente a favor de la eutanasia para casos de este calibre. Si la persona en cuestión sufre una discapacidad que logra consumirla hasta el punto de no poder hacer nada sola… me parece correcto que, si es su decisión y está en completo uso de sus facultades psíquicas, pueda poner fin  su vida. Lo entiendo y lo respeto – en ese y otros ámbitos que no trataré porque no vienen para nada al caso y, al fin y al cabo, estoy hablando de un libro no de mis ideas y convicciones –. Y es
precisamente por eso por lo que estoy tan sumamente enfadada. Me ha dolido en lo más profundo leer el final, ese en el que todo se va a pique porque Will Traynor es una maldito cabezota con las ideas tan claras que me da escalofríos. 

  Me resultó curiosa la evolución de Will. Ese personaje de apariencia hosca y corazón noble. Un chico que vale la pena conocer, aunque sólo sea por sumergirse en el apasionante mundo del cine extranjero original y subtitulado, los libros y la buena música. Creo que entendí hasta qué punto es cierto que las personas pueden ser mejores cuando se dejó cortar esas greñas y la barba. Lou, la buena de Lou, la chica que tiene que dormir en un trastero, que se convierte en el foco de las burlas con cariño, dice – de su padre, la que nunca parece ser lo suficientemente buena… la que no llega ni a la suela de los zapatos a su hermana. Lou, la chica que, con un par de narices, lucha contra viento y marea para demostrarle a ese maldito cabezota que la vida vale la pena aun estando en una maldita silla de ruedas.
 Creo que lo mejor que puedo rescatar del libro es la autorrealización, el autodescubrimiento… la verdad que esconde Lou en sí misma. Nadie merece conformarse con lo que tiene. ¿Qué hay de bueno en ser una rata de biblioteca si luego, al salir, lo único que puedes hacer es seguir leyendo y leyendo? ¿Y qué hay de bueno, al contrario, en sólo saber pasarlo bien bajo los influjos del alcohol? ¿Por qué no encontramos el punto medio, nos queremos un poco más y salimos de nuestras zonas de confort, sean cuales sean, para vivir? VIVIR, amigas y amigos. Vivir una vida plena, valga la redundancia, en la que no digamos que “no” por miedo, sino por convicción. Sólo si ahondamos en todas la posibilidades podemos decir qué nos gusta, qué no y qué nos define. Porque, como dice nuestro viejo amigo Will, no debemos dejar que nada nos defina. Debemos definirnos, confeccionarnos, a partir de patrones que realmente nos hagan felices.
 Si me paro a pensarlo, ni siquiera quiero hablar de la trama. Sólo quiero que entendáis el porqué de mis críticas, del tono casi imperativo en el que me dirijo a todas aquellas personas que quieran leer mis palabras. No hay nada más triste que conformarse, nada más patético que estar con una persona seis años, saber que no la quieres y, aun así, soportar esos dos tristes polvos mensuales a los que le siguen larguísimas y soporíferas conversaciones que caen en saco roto. El Señor Maratón, nos dice Lou. Y qué razón tiene. Un cerdo insensible que llama a Will “El tullido”, un patético elemento que, para más colmo, siente unos celos terribles y pide a su novia, ¡de hace seis malditos años!, que se vaya a vivir con él como si le estuviera meando encima. Patético, repugnante y francamente insostenible. Lo mismo para Treena. ¿Qué clase de hija, me pregunto yo, acepta la cama de sus padres para no tener que dormir en el trastero en el que la pobre Lou ha estado años? Dos buenos guantazos le hacen falta, así de claro.
 Hablando con una amiga, me comentó que ella no se había creído el amor del libro. Yo, al contrario, sí. Estoy harta de esas relaciones que se basan sólo en “te tengo ganas”, de esas en lo que prima es quién llega primero al orgasmo, esas en las que lo que de verdad une es el físico. Así que me ha gustado, y mucho, ver cómo Lou, poco a poco, podía abrir su mente e imaginarse a sí misma pasando el resto de su vida junto a Will, el chico que necesita ayuda para el 99% de las cosas, el chico que ni siquiera puede abrazarla, el chico que, con el poder  de las palabras, logra enamorar a la chica que no sabe quién es, qué espera de sí misma o qué le depara el futuro.
 Decía que estaba enfadada, y sigo estándolo, porque hasta ahora nadie había tenido el aplomo suficiente como para hacerme cambiar de forma momentánea de parecer. Bailar en una silla de ruedas, olvidarse de todo y beber hasta perder la razón, olvidarse de los problemas médicos, lograr evocar a los fantasmas del pasado, logrando, esta vez sí, salir del laberinto de la autodestrucción… ver la lluvia, dormir juntos, ir a pasear, criticar, hablar y seguir hablando. Cosas condenadamente normales. Cosas que no hacen unas personas más que otras, porque, al fin y al cabo, ¿no somos sólo eso? ¿Un intricando puzle lleno de cicatrices, ya sean físicas o psíquicas? ¿Quién se salva de los traumas, de las roturas, de verse superada o superado por la situación? Will Traynor y Lou Clark. Dos personas completamente distintas, dos personas que se complementan… dos personas que, pese a todo, no pueden estar juntas.
 Determinación y cabezonería, un cóctel perfecto, ¿eh? Maldito sea Will Traynor y su maldita forma de dejar claro que él sabe lo que quiere, lo que espera de sí mismo y lo que de verdad puede hacer feliz al resto de la gente. En las islas Mauricio, paraje idílico, destino ideal, recibe la confesión de Lou, la determinación de una chica que está dispuesta a todo por seguir con él. Y dice que no. Que no, ¡maldito sea mil veces! Debatí conmigo misma: mi yo racional entendía los motivos, los respetaba y apoyaba. Mi yo idealista, sin embargo, quiso arrancarle los ojos. Porque al final los seis meses, esos cuyo objetivo era devolver las ganas de vivir nuestro condenado cabezota, cayeron en saco roto. Casi me caigo de culo cuando supe que, para más inri, dijo que quería que ella estuviera ahí, que se mantuviera a su lado mientras todo acababa.
 Dolía, por Dios que dolía, leer algo así. ¿Cómo puede alguien tan valiente, alguien que ha vivido tantísimo, ser a la vez tan sabio y tan inconsciente? ¿Cómo puede alguien rechazar ser amado para acabar con todo? ¿Cómo puede alguien encarnar todo lo que yo siempre he creído y conseguir descolocarme, situándome en la perspectiva de Lou? ¿Cómo puede alguien a quién se lo confiesa algo tan fuerte como el amor, dejarlo todo y pedir que ella lo vea?
 Bravo a Jojo Moyes, por darnos una nueva perspectiva, una en la que no prima lo ideal, lo que nos gustaría que pasara… sino el peso de la realidad, de lo que podría pasar en un futuro cuando la alegría de los primeros momentos de relación cayeran en la monotonía y aparecieran los recelos, los remordimientos de conciencia y el agotamiento. Bravo, porque a mí me ha roto, porque he llorado como una idiota hasta el límite de tener que secarme las lágrimas para acabar con el libro. Porque nos ha dado una ducha de agua fría. Porque nos ha dado un final. Un final real.

Con todo Yo antes de ti, es un drama precioso. Sin más pretensiones que las de mostrarnos las cosas tal y como son, Jojo Moyes nos sumerge de lleno en una historia llena de personas frías, desalmadas en algunos aspectos… de otras con mucho más de lo que realmente ofrecen o podrían llegar a ofrecer… con un final que rompe, destroza. Con algo que no sana. Con algo que nos lleva a pensar. Realmente, vale muchísimo la pena.

Nota: 5/5

Citas

(…)
 El paro era una idea, algo de lo que se hablaba incansablemente en las noticias en relación con astilleros o fábricas de coches. Ni se me había pasado por la cabeza que era posible echar de menos un trabajo igual que se echa en falta una pierna o un brazo: como algo constante  y reflejo. No había pensado que, además de los temores obvios respecto al dinero y el futuro, perder un trabajo te hacía sentir incompetente, un poco inútil. Que sería más difícil levantarse por las mañanas que cuando el implacable despertador te arrancaba del sueño. Que echarías de menos a la gente con la que trabajas, a pesar de lo poco que tuvieses en relación con ellos. O que incluso buscarías rostros familiares al caminar por la calle.
(…)

(…)
 Tenía veintiséis años y no sabía quién era. Hasta que perdí el trabajo ni siquiera me lo había planteado.
(…)

(…)
 Aquí, podía oír mis pensamientos. Casi oía el latido de mi corazón. Comprendí, para mi sorpresa, que me gustaba mucho.
(…)

(…)
 Hay horas normales y hay horas yemas, en las que el tiempo se estanca y se desliza, donde la vida (la vida real) solo existe en otro lugar.
(…)

(…)
 Necesitaba que mi hijo tuviera algo hermoso que contemplar. Necesitaba decirle, en silencio, que las cosas cambian, crecen o se marchitan, pero que la vida continúa.
(…)

(…)
-No me gustó ni un poquito.
-Ya me había fijado.
-En especial, no me gustó esa parte casi al final, cuando el violín tocaba solo.
-Me fijé en que no te había gustado esa parte. De hecho, creo que tenías lágrimas en los ojos por lo mucho que la detestabas.
(…)

(…)
 Ahora, era solo Will: el exasperante, voluble, inteligente y divertido Will, que me trataba con condescendencia y le gustaba actuar como si él fuera el profesor Higgins y yo Eliza Doolittle. Su cuerpo era solo una parte del todo, a la que había que tratar, a intervalos regulares, antes de volver a la conversación. Se había convertido, supuse, en la parte menos interesante de él.
(…)

(…)
-Es que… no aguanto pensar que te vas a quedar aquí para siempre. – Tragó saliva –. Eres demasiado inteligente. Demasiado interesante. – Apartó la mirada de mí –. Sólo se vive una vez. En realidad, es tu deber que sea una vida plena.
(…)

(…)
-¿Y sabes qué? Nadie quiere oírme hablar de esas cosas. Nadie quiere que hable de tener miedo, o del dolor, o de sentir miedo a morir por cualquier estúpida infección. Nadie quiere saber qué se siente cuando sabes que nunca más volverás a acostarte con alguien, que nunca más vas a comer algo que tú mismo has cocinado, que no podrás abrazar a tus hijos. Nadie quiere saber que a veces siento tal claustrofobia, atrapado en esta silla, que me entran ganas de gritar como un loco al pensar que voy a pasar otro día así.
(…)

(…)
 Por primera vez en la vida, intenté no pensar en el futuro. Intenté existir sin más, dejar que las sensaciones de la noche me invadieran.
(…)

(…)
 ¿Sabes lo difícil que es no decir nada? ¿A pesar de que hasta el último átomo de tu cuerpo se esfuerza en lo contrario?

(…) 

2/7/16

REGRESO DEFINITIVO + NUEVA SECCIÓN: RETAZOS


REGRESO DEFINITIVO + NUEVA SECCIÓN

Retazos

¡Hola, hola, hola!

 Bueno, pues ya veis. Aquí estoy otra vez, pero esta vez para quedarme de verdad. Os diré cuál ha sido el mayor problema a lo largo de estos días: la universidad. Necesitaba unos días para procesarlo todo, las buenas y las malas noticias, para poder hacerme a la idea de que, aunque hay veces que las cosas cuestan, y mucho, no hay que olvidarse de encontrar lo que nos hace de verdad felices para poder encarar aquello que tan poco nos gusta y decir, sin ningún tipo de pelos en la lengua: “jódete mil veces, ¡lo he superado!”. ¿Y cómo supero yo las cosas? Con breaks largos, quitándome obligaciones de encima y centrándome plenamente en aquello que realmente necesito. Y esta vez era escribir. No sabéis la de veces que he empezado proyectos, que me he pasado horas delante de la pantalla, intentando plasmar todo aquello que me llena, que necesito decir y que, en cierto modo, a mí me gustaría encontrar. Siempre que escribo digo que lo más importante es dejarse la piel, llegar a la gente, lograr que tus palabras no aburran… llorar en el papel. Así que eso es lo que quiero añadir a este blog. Los días que por “n” o por “z” no quiera ni pensar en leer, quiero escribir. Para todas vosotras, para todos vosotros pero, sobre todo, para mí. Quiero haceros llegar retazos de las cosas que a mí de verdad me gustan, que no son siempre los libros. Quiero aumentar, en cierto modo, mis horizontes; y es que me he dado cuenta de que, desde que tengo este pequeño blog, puedo expresarme con mayor facilidad, que puedo decir aún con menos pelos en la lengua qué me gusta y qué me molesta.
 Así que, como decía, ya veis. Aquí estoy otra vez, dispuesta a que veáis, de forma prácticamente inédita, uno de los fragmentos que me ha estado ocupando estos días.


El tiempo


 El tiempo no siempre es un buen compañero, eso lo sabía. Los segundos, esos pequeños demonios disfrazados de ángeles que prometían las mil maravillas… los minutos, las horas, los días… Una larguísima sucesión de números que, de repente, parecía verdaderamente infinita, casi letal. Tal vez sea un hecho, al fin y al cabo, que quien espera desespera; aunque eso significara que las largas charlas con la abuela no fueran solamente largas, sino también productivas, casi sabias. Las frases alentadoras, los comentarios altivos, las súplicas y las verdades de repente carecían de sentido. ¿Qué importaba el estúpido número que marcaba tu hoja? Ese papel en blanco sólo corrompido por la tinta negra, por esos horribles círculos hechos bajo la presión de ese jodido monstruo, el tiempo, que decide cuándo empieza y acaba todo. Qué se joda el tiempo, digo, y me siento libre. Qué se joda el maldito número de la hoja. Qué se joda el tiempo, repito. Y me lo creo. Porque es cierto. No hay nada lo suficientemente fuerte, lo suficientemente doloroso, que tenga el poder de destrozar a una persona. El tiempo. Monstruo que persigue, que acosa… Que molesta, al fin y al cabo, porque unos lo quieren muy cerca y otros muy lejos. El tiempo, que parece implacable allí arriba, en los relojes que cuelgan de las paredes, en nuestras muñecas, en el motivo de nuestras últimas adicciones. El tiempo, que, como todo monstruo, siempre puede ser derrotado… porque ahora yo elijo qué hago con los sesenta demonios que componen un minuto, con los sesenta minutos que dan paso a una hora, con las veinticuatro horas que forman un día… Y lo que decido, esta vez, es sonreír y decirle al tiempo: no hay tiempo de preocuparse. Bien mirado, el tiempo es visceral. Cura tanto como hiere y hiere tanto como cura. Tal vez sea infantil, puede que incluso demasiado optimista para alguien que habla del tiempo usando de forma redundante el nombre del monstruo; pero, oídme, ¿quién es el tiempo, para decirnos cómo debemos invertirlo? Baila en la cocina, canta en la ducha, grita cuando algo de verdad te ponga furiosa y luego, cuando por fin puedas sentarte a pensar en todo lo que ha pasado, cuando por fin quieras ver la luz al final del túnel y veas que no hay problemas, sino complicaciones innecesarias, formas de hacer más difícil lo fácil… siente como el tiempo te cura. Y acéptalo porque así, cuando el tiempo se convierta de nuevo en un horrible monstruo de grandes fauces, todo será muchísimo más sencillo.
 Que se joda el tiempo. Que se acerque, que se aleje… que grite y llore contigo, que te vea cuando te ríes, cuando tienes los entrecerrados de tanto sonreír… Que se joda el tiempo. Porque es tuyo.