20/10/17

RESEÑA #96: EL LIBRO DE NOAH


RESEÑA #96: EL LIBRO DE NOAH


¡Hola, hola, hola!

Viernes. Bendito viernes. Antes de comentaros de qué venimos a hablar hoy – ignoremos el hecho de que en el título lo ponga bien claro –, quería deciros que me encantaron vuestros comentarios en la entrada anterior. En serio, sois unos amores. Espero poder ponerme al día contestando, pero dadme un poquito de tiempo (últimamente voy de culo, os prometo que no es mi culpa).

Y ahora sí que sí, vamos con una reseña de una de las sagas que más veces os he recomendado. ¡Qué cerquita estamos ya del final! Lo único sobre lo que quiero advertiros es que la sinopsis desvela demasiado. Como sabéis, yo no soy nada fan de leerlas. Luego no digáis que no os he avisado.

¡Dentro reseña!


Ficha técnica



Título: (Vanir 8) El libro de Noah

Autora: Lena Valenti

Editorial: Vanir

Número de páginas: 490

ISBN: 9788494120992

Precio: 21,90€


Sinopsis


Le llaman Noah Thöryn. Es el ojo derecho de As Landin, el mejor amigo del noaiti, y un hombre muy importante en el clan berserker de Wolverhampton. Le dijeron que era hijo de una pareja de guerreros, y que recién nacido fue a parar a manos de As. Ahora ha descubierto que todo es mentira,y que lo único auténtico y real en su vida es la pasión demoledora que siente hacia Nanna, la valkyria intocable de Freyja. Sin embargo aquello que más desea le es negado por normas divinas, y Noah se esta volviendo loco por la desesperación. Si a eso se le añade las extrañas pesadillas que tiene desde que fue herido por el puñal Guddine, su vida es de todo menos apacible. No obstante, las runas hablan con objetividad, y les da igual si ellos son o no son compatibles. Después de sobrevivir milagrosamente en la batalla de Machre Moor, Noah deberá realizar un viaje para descubrir quién es y qué ha venido hacer en el Mirdgard, y es una cuestión innegociable que su pareja en su aventura, sea Nanna. ¿Cómo podrá soportar estar cerca de ella y no tocarla?

Nanna siempre fue la niña de los ojos de Freyja. Era la elegida por los dioses para recoger a los muertos en batalla en el Midgard y tiene una gran peculiaridad: ningún hombre vivo la puede tocar. No obstante, el berserker de ojos amarillos ha roto su palabra y ha violado su norma, provocando que la ira de Freyja cayera sobre ella. Nanna no quiere saber nada de él, pero la Diosa Vanir tiene otros planes para ella, que deberá obedecer si quiere que la perdone de nuevo. Empezará un viaje único y revelador, lleno de aventuras, guerra y magia, al lado del único hombre que ha deseado en su vida, del que dicen que es importante para el destino del Ragnarök. Y Nanna no tiene ni idea de cómo sobrellevar la atracción que siente hacia él, sobre todo, cuando viene acompañada de la decepción que supuso que él la traicionara.
El Ragnarök ha empezado.

Los clanes se reagrupan para luchar juntos.

Y en medio de la inminente batalla, un berserker y una valkyria deberán de viajar juntos para descubrir los secretos que los nomas y los dioses han reservado para ellos, sin saber, que el mejor y más importante de todos, será descubrirse el uno al otro en la guerra y en la seducción.
Cuando el amor y la valentía brillan tanto como el sol, no se pueden tapar con un solo dedo.


Reseñas de libros anteriores










Mi opinión


Después de siete novelas de la misma saga, podríais pensar que no queda nada por decir. Y ojalá fuera verdad, porque yo no gano para disgustos. Si bien es cierto que el libro anterior acabó con cierta, digamos, estabilidad, esta octava parte viene bien cargadita de sorpresas. Sorpresas que no son precisamente agradables, o al menos no todas ellas.

Sustos. Sustos y más sustos. Noah, nuestro querido Noah, el chico al que llaman “niño perdido”, el empático del grupo de berserkers, el que es prácticamente un hijo para As Landin, el mejor amigo de nuestro ya conocido Adam. Noah, que me ha patrocinado muchísimos disgustos. Cuando empecé la saga, dije que quería saber más acerca de ese chico tan dulce, tan encantador. No sabéis lo contenta que estoy de haberlo podido descubrir por fin como se merece.

Tal vez éste sea uno de los mejores libros de la saga. Por lo menos, es en el que más información se nos desvela que, ojo, tratándose de Lena Valenti ya es mucho. Porque sí, amigas y amigos, nuestra autora tiene el poder de mantenernos en ascuas. Debe de ser francamente divertido, porque cada capítulo es un delicioso pedazo de cielo.

Nanna está en Escocia recogiendo cadáveres. La batalla acontecida en la isla de Ardan ha dejado muchas bajas, bajas que no van a cubrirse solas. Pero no es por eso solamente por lo que Nanna está allí. Por fin puede reunirse con su Einherjar, su guerrero inmortal. Por fin, después de tanto tiempo, él ha muerto y va a pasar a las filas de Gabriel… o eso es lo que parecía. Nanna recoge a Noah, pero él está vivo. ¿Y qué pasa si Nanna toca a un hombre vivo? Ay, pobrecilla.

Me encanta. Me encanta. Me encanta. Adoro a Freyja. Sí, lo sé, es una cabrona que sabe muy bien lo que se hace, pero, ¡jo!, no me digáis que la mujer no tiene alma, porque es mentira. Esa mujer, esa maldita diosa vanir, sabe cómo poner en tela de juicio todas las decisiones de el Alfather, Odín. Odín, que por poco no sufre una embolia al ver la que tenía planeada la diosa. Y es que nuestra señora, la hija de Nerthus, castiga a Nanna. La castiga de forma fulminante. Con rayos. Rayos, rayos y más rayos. Y todos ellos contra el cuerpo de nuestra pobre valkyria.
Noah, por supuesto, se siente tremendamente culpable. Nanna está sepultada en algo así como una crisálida y sólo hay una manera de que salga de ella. Una que no pasa por los planes de la valkyria, pues no cree que el roce de Noah deba producirle semejante dolor. Uno atroz, uno que no es normal… ¿y quién le dice a nuestra chica que no es precisamente eso parte del castigo de Freyja?

Chapó. Chapó a Lena Valenti. Porque se lo merece. Esa mujer, como he dicho tantas otras veces, sabe escribir. Sabe hacer que quieras arrancarte los ojos, que el corazón se te quede hecho jirones. Arranca tantos disgustos como sonrisas. Lágrimas y risas, un cóctel perfecto que nos aboca a la verdad o, al menos, parte de ella.

Las valkyrias, las nones de Nanna, se repliegan a su alrededor. No van a dejar que Noah le produzca ningún daño a su hermana casi desterrada por la diosa. No mientras vivan. Sin embargo, acceden a que Noah las conduzca a la Black Country para hablar de una maldita vez con As Landin, ese hombre que calla demasiado.

Me maravilló el hecho de que, por fin, As le dijera parte de la verdad a Noah. Parte, porque el hombre realmente no lo sabe todo. Noah se enfada. Se enfada muchísimo cuando empieza a comprender que lo que le dijo Hummus antes de morir no era ninguna mentira. Él es un niño perdido, porque no tiene ni puñetera idea de quién demonios es. Y esa es su misión. Debe tomar rumbo a Noruega, con su puñal guddine y su rostro surcado de inscripciones en futhark. Debe hacerlo, porque se acaba el tiempo. Ahora bien, no puede hacerlo solo. Nanna, su kone, tiene que seguirle… ¿y quién dice que eso vaya a ser un viaje de placer?


Y ahora, bienvenidas y bienvenidos a la Zona Spoiler


Casi me caigo de culo. Vamos a ver, me olía por dónde iban los tiros, sobre todo teniendo en cuenta que desde el minuto cero queda bien claro que Nanna, al igual que sus hermanas, no es una valkyria normal. Ella no lucha, ella no soporta el dolor. Y eso tiene una sencilla explicación. Sencilla, vaya ironía.

La llegada a la cueva de Nerthus comporta que nuestros protagonistas empiecen a enfrentarse a la verdad. La diosa madre, la mismísima mujer que concibió a Freyja, debe salir a la luz. Ella, junto con sus guerreras y guerreros, debe presentar batalla en el Ragnarök, ese fin de los tiempos que cada vez está más cerca. Se acabaron las medias tintas, se acabaron las medias verdades. Ya sólo hay tiempo para la acción. Y, esta vez, la acción llega en todo el esplendor de la palabra.

Debería parecerme ordinario el hecho de que el sexo tenga un papel tan importante en esta saga. No es así. Lena Valenti hace de ese tema algo bonito, algo que edulcora la cantidad de atrocidades que se nos muestras. Porque sí, nuestros guerreros son inmortales… pero sólo hasta cierto punto. Así que, tras llegar a la cueva acompañados por esa pequeña hada que les sirve de guía, Nerthus da una orden. La virginidad de Nanna para huir de su cueva.

Me gustó cómo se desarrollaron las cosas entre Noah y Nanna. Me gustó, digo, porque fue tierno. Él puede ser algo bruto – os remito a Caleb McKenna –, pero en el fondo es todo un caballero. Alguien que vela por su kone, su pareja de vida. Y Nanna lo sabe. Lo sabe igual como sabe que Freyja la castigó usando las caricias de Noah como armas sólo para que ella llegara virgen hasta la cueva de Nerthus. Y Nerthus, pese a todo, cumple su palabra. Les muestra el camino a seguir tras obtener lo que quiere. Les da la Gibo. Nada más que decir.

Los paisajes descritos en esta novela son dignos de un cuadro. No sé a vosotros, pero a mí me fascina el paisaje escandinavo. Es sencillamente espectacular, arrebatadoramente perfecto. Como el libro. Noah y Nanna luchan codo con codo contra el frío, los celos y los malentendidos. Porque sí, amigas y amigos, Noah no cree que Nanna sea una buena guerrera – una forma de lo más lamentable de decir que teme por su vida –; hasta que no le quedan más narices que hincar las rodillas en el suelo. Ay, cómo me gusta ver caer vencidos por la realidad los personajes.

Hay unas cuantas cosas de las que quiero hablar antes de pasar con los descubrimientos y los finales, y la primera de ellas es, precisamente, las relaciones que forma Lena Valenti. No son relaciones, a mi juicio, machistas. Me explico. Esta mujer habla de la fuerza de los hombres y las mujeres, de la voluntad de ambos, de sus errores, de sus defectos, de sus virtudes y de sus arrebatos. Arrebatos, siempre y cuando tengan razón de ser. Pero no es de eso de lo que venía a hablar (escribir). Venía a deciros que hay veces en las que yo me llevo las manos a la cabeza, horrorizada. Horrorizada de verdad ante las estupideces que pueden llegar a decirse. Ahora bien, se nos presentan a hombres que saben cuando deben hincar las rodillas en el suelo y llorar, vencidos. Vencidos por mujeres tan fuertes como nuestra Elegida, Daana McKenna; la gran guerrera de las valkyrias, nuestras Generala Bryn; mujeres que están dispuestas a arriesgarlo todo por los niños, como Ruth. Mujeres que dan una fuerte patada en el culo a todo aquello que escapa de lo bueno, del honor y la lealtad, como Róta. Así que no, no considero que haya machismo, en estos libros.

Después de esta pequeña aclaración, quiero hacer mención especial también a nuestros dioses. Odín y Freyja, menudo par. Me encantan sus conversaciones, esas que parecen jugadas perfectas de ajedrez, y es que ambos saben muy bien lo que hacen en todo momento, sin olvidar que, en el fondo, también son humanos. Débiles, frágiles… y maravillosos. Maravillosos porque, entre ellos, hay un vínculo, uno precioso que habla de proteger a sus hijos guerreros. No puedo hablar en términos tan amables sobre Loki, aunque reconoceré que la autora hace un trabajo espectacular al hablarnos del Transformista. Un dios despiadado, inmisericorde y mezquino. Un dios que sólo busca su propio beneficio, sin importar a cuántos de sus guerreros deba llevarse por delante. Alguien que espero que caiga, y que lo haga muy pronto.

La historia de Nanna y Noah es sencillamente maravillosa. Me encantó cómo ambos aprendieron cómo superar sus problemas. Él acepta que ella es tan guerrera como él y ella acepta que, sin Noah, no podrá acabar de saber quién es ella realmente. Porque ambos están terriblemente perdidos. ¡Y tan perdidos! Por poco no me caigo de culo al comprender por fin qué hacían ellos dos y por qué les había costado tantísimo estar juntos. Ocho libros viviendo en la inopia, maldita sea.

Pero no sólo eso. Hay nuevos sacrificios. Sacrificios que dejan a una con los ojos húmedos, sin duda. El pueblo de los Hudriel, esos elfos guerreros, esos seres que veneran la naturaleza… perecen por el bien de toda la maldita humanidad y sus hermanos guerreros. Perecen por Noah y por Nanna. Y lo hacen con honor, que al fin y al cabo es lo que más valoran los dioses. Pero no sólo ellos caen, no. Me dolió ver cómo María y As tuvieron que finalizar su viaje. Me dolió, porque eran una especie de padres para todos nuestros guerreros. Padres que caen por sus hijos. No diré por qué hacen lo que, efectivamente, hacen, sólo os diré que tenéis que leer el libro. De verdad que sí.

El final, para variar, es de infarto. No puedo creer lo que pasa con buena parte de nuestros ya conocidos guerreros. La jugada de Loki es brillante, sin duda. Ahora bien, me muero de ganas por saber cómo van a darle una patada en el culo a ese Transformista de las narices.
Sólo me queda deciros que toda mi atención está ahora en Daimhin. No sé qué narices le pasa a esa chica en la cabeza – puedo hacerme una idea, pero aún así, menudo genio se gasta –, tampoco sé cómo va a gestionar Carrik lo que está pasando… Pero pienso descubrirlo muy pero que muy prontito.

Con todo, El libro de Noah es una historia redonda. Con unos personajes de los que roban el corazón y una prosa deliciosa, Lena Valenti nos sumerge, una vez más, en el intrincado mundo de los guerreros de los dioses. Guerreros que ya empiezan a verle las garras al Ragnarök. Que empiece la guerra.

Nota: 5/5


Citas


(…)

Sí, era cierto que esa raza inferior se escudaba en aquello de: <<Al final pagan justo por pecadores>>>. Pero los dioses opinaban que si los justos, los que decían que no habían hecho nada, hubieran decidido hacer algo, si hubieran tenido una décima parte de inconformismo y rebeldía en sus venas, no se hubieran dejado machacar de esa manera. Al final, no hacer nada equivalía a ser cómplice con el mal.

(…)


(…)

-Entonces... – dijo Bryn sin comprender –. ¿Ahora ya puedes usar tus manos? ¿Ya puedes disfrutar de los pecados de la carne? ¿Puedes ser tocada?
-Síp.
Róta resopló y se descruzó de brazos.
-Pues que Odín los pille a todos confesados. Porque no hay nadie más curiosa que tú – Róta le guiñó un ojo –. Pasarás de ser Nanna, la intocable, a Nanna – movía las manos como si dibujara un cartel con ella –, la guarra.

(…)


(…)

-¿Me estás hablando de guarradas? – Preguntó Nanna sabiendo la respuesta de antemano.
-Obvio – replicó Bryn –. Vimos las imágenes de Adam poseyendo a Ruth contra la pared, en la barra americana de su casa, en el bosque… El deseo de los berserkers por sus hembras es el mismo que el de los vanirios por sus parejas. Los ciego, les vuelve locos. Es un anhelo anima. Es…
-Ansia – definieron Róta y Gúnnr a la vez.
-Ansia, ya… ¿Y en qué lugar me deja eso a mí? – Preguntó Nanna, incómoda.
-¿En qué lugar? – Róta arqueó sus cejas rojizas y sonrió –. Justo debajo de él. ¡Ah! – Alzó la mano y levantó el índice –: Y abierta de piernas, por supuesto. Creo, hermanita – Róta frotó las trenzas de Nanna entre sus dedos –, que no tienes nada que hacer. Ya puedes negarte tantas veces como quieras. La rabia no te durará eternamente. Y, si no, mira a la generala – insinuó Róta –. Una eternidad odiando a Ardan, y después de varios días en el Midgard el rechazo se vuelve amor y adoración. No ha tardado nada en follarse…
-¡Róta! – la regañó Bryn.

(…)


(…)

-¿Cuándo se supone que partís hacia la Black Country? – preguntó Bryn, interesada.
-Pronto. Tal vez hoy mismo. En cuanto Noah se recupere.
-¿Se recupere de qué?
-Ah, bueno, le he electrocutado los huevos – les explicó sin darle más importancia.

(…)


(…)

-¿Cómo estás tan segura de eso?
-Míranos: Róta esperó una eternidad a Miya. Ardan intentó odiar para siempre a Bryn. Gabriel se negó a aceptar que me quería durante muchísimo tiempo… Y, al intentar creer eso, cometimos errores. Pero si te niegas a esto, si te cierras en banda, cometerás el mayor error jamás cometido.
-¿Por qué?
-Porque, posiblemente, los perores errores de nuestra vida son aquellos que, por miedo a intentarlo, no cometemos. Tienes que atreverte a cometer errores, si no jamás sabrás qué pudo haber sido.

(…)


(…)

La magia era lo que te estremecía sin tocarte, lo que removía tus sentimientos y tus emociones.

(…)


(…)

-Tienes tu tesoro debajo del trasero – le indicó finalmente, intentando ignorar sus impulsos asesinos –. Justo en el mismo sitio donde tienes tu cerebro.
Noah resopló y se levantó bajo los efectos de los besos de las agonías.
-Es gigoló – espetó, ignorando las ganas que tenía de montarla como un animal. ¿Por qué estaba tan cachondo?
-No. Es ligoló – contentó dándole un empujón, rabiosa y ofuscada por las imágenes que se habían quedado grabadas en su retina –. ¡Don Ligolobas! ¡Ligolocas! ¡El señor ligoloquequiero!

(…)


(…)

Daeg era aquello a lo que uno se sujetaba para no caer en la oscuridad. Era la runa de la iluminación y solo se otorgaba a aquellos que con sus palabras ofrecían sanación, paz, calma y claridad.

(…)


(…)

-Dioses, Noah…
-¿Qué pasa?
-Tu rostro.
-¿Qué?
-Tu rostro. – Agitó el dedo índice señalándolo –. Está… Te lo han vuelto a tatuar.
-No jodas – murmuró agotado –. ¿Qué dice?
-Dice – Nanna se inclinó a leerlo –: <<Soy hijo de Manos Ollas. El dios de los ninfómanos gilipollas>>.

(…)


(…)

-Escucha, Noah – la valkyria le masajeó el cuello con los dedos de su mano –, a veces no creo tan importante saber de dónde venimos. Lo esencial es saber quiénes somos en realidad. ¿Qué crees que cambiará? Seguirás siendo el mismo cuando descubras quiénes son tus padres. O, de repente, ¿te convertirás en alguien diferente? ¿Dejarás de querer a aquellos que son tu familia? No podrás. – Negó con la cabeza, acariciando sus hombros –. No podrías aunque quisieras.

(…)


(…)

-Conmigo jamás pasarás frío. Te lo prometo.

(…)


(…)

Él lucharía hasta las últimas consecuencias para evitarlo porque, aunque parecía mentira, seguía creyendo en esa tierra que unos y otros querían para sí.
Una tierra que ni siquiera era del ser humano, aunque, inmoralmente, intentase hacer lo imposible por poseerla. No obstante, nadie poseía a nada.

(…)


(…)

Era fácil aceptar que se era débil a algo.

(…)


(…)

-¡Menos mal! ¡Porque estoy hasta la polla del bailarín japonés! – Señaló a Miya, que, con movimientos secos y premeditados, vestido todo de negro como Ardan, movía sus espadas como si fueran abanicos, sin errores, sin fisuras y daban justo donde debían dar sin recrearse.
-¡Para ti la tortura es un arte, escocés! ¡Para mí el arte es matar sin que el otro sepa que ha muerto!

(…)


(…)

-Nanna – le dijo Róta al otro lado, lanzando rayos a la pila de muertos –. ¿Sabes qué pensé cuando Hummus abrió tu chaleco y se arrodilló ante ti?
Nanna negó con la cabeza, seria y concentrada.
-Pensé: <<Esta mujer lleva unos cubrepezones reflectantes y lo ha dejado todo loco, cegado>>.
Nanna levantó la mirada hacia su hermana. Sus pestañas titilaron.
-Ya sabes – continuó la valkyria deslenguada –, en plan: <<¡Sorpresa! ¡No llevo ropa interior!>>.

(…)


(…)

¿Cómo unas palabras podían ser tan hermosas y dañinas a la vez?

(…)


(…)

Era tan fácil bailar con la persona de la que estabas enamorada. Cuando dos vibraban en la misma sintonía jamás se podía perder el ritmo.

(…)


(…)
-Dos elfas están paseando por el bosque – contaba Miya a Kherion, moviendo su recuperada mano. El hudriel no sonreía –. Entonces, de repente, un grupo de orcos, que nunca habían estado con una mujer, las divisan entre los árboles. Los orcos van a por ellas para violarlas, así que las elfas huyen despavoridas, corriendo todo lo que pueden y más. Al cabo de las horas, se detienen cansadas de tanto correr, mientras los orcos, incansables, están a punto de alcanzarlas. Y le dice una a la otra: <<No te pares o nos cogerán>>. La otra, agotada, la mira casi sin aire y le suelta: <<Prefiero tener un orquito a tener un infarto>>.

(…)


(…)

-Que no importa saber tanto de dónde vienes como descubrir quién eres. Y eso no lo marca quiénes son tus padres. Lo marca la gente que te quiere y que de ti tu mejor versión. La gente que te quiere por lo que ya eres, no por lo que podrías llegar a ser.

(…)



13/10/17

Reflexiones de una lectora #5: Personitas que crecen leyendo



Reflexiones de una lectora


5


¡Hola, hola, hola!

Hoy me he levantado medio filosófica. Eso y que estoy cansadísima. Sí, ya sé, ya sé, he tenido un puente maravilloso de la muerte, pero ya sabemos todas y todos que, cuántas más fiestas hay, menos ganas tenemos de hacer cosas productivas. Prueba de ello es que en lo que llevamos de octubre no he acabado un solo libro – lo cual, en realidad, es comprensible, porque El temor de un hombre sabio es un Señor de los Tochos. (Chistaco. Ya paro) –. A lo que iba. Tenía ganas de hablar de algo que, a mi juicio, le pasa a cualquier personita que lee. ¿Vamos a ello?



Personitas que crecen leyendo



No sé cómo he llegado a la conclusión de que tenía que escribir esto. Supongo que la verdad es que se me han juntado circunstancias personales, unas ganas locas de ponerme en plan profunda y esa morriña que nos entra a todas cuando pensamos en tiempos pasados. El caso es que, mirando mi estantería, me he dado cuenta de que ya no leo novela juvenil. No porque no me guste, sino porque… bueno, porque supongo que, en cierto modo, ya no me llena. No como antes. Quiero explicarme. Hace cuatro o cinco años era más feliz que una perdiz cuando entraba en la librería e iba directa a la zona juvenil – una que, al menos a mi juicio, muchas veces ni siquiera está bien distribuida, pero eso es otro tema –. Los ojos me hacían chiribitas cuando acariciaba con pericia los lomos, las portadas; cuando leía cada título y me paraba a leer las sinopsis. Qué irónico, porque ahora me niego a leer las sinopsis y si las incluyo en las reseñas es sólo porque no soy quién para privar a nadie de pasarse mi opinión por el culo y contentarse con el resumen de la editorial.

Decía que ya no me llena. Y es que es verdad. Autores que antes me maravillaban ahora me dejan con esa sonrisa en los labios y ese pensamiento de: “yo antes adoraba sus libros”. Antes, porque en cierto modo, leyendo… crecemos. Dejamos atrás la niña que pensaba en príncipes y princesas, porque sí, amigas y amigos, aunque a día de hoy lo mío es de diagnóstico para con las relaciones sentimentales, cuando era pequeña adoraba las historias que acaban con cuentos de hadas. Juzgadme si queréis, pero el tema está en ser sincera y yo hago una oda a dar una patada en los mismísimos kiwis a la puta hipocresía.

Crecer como lectoras. Crecer como lectores. La de cosas que he aprendido con la literatura, en estos años. Cosas como que guardarse la opinión, a lo sumo, nos provoca úlceras emocionales – y reales en algunos casos, fijo –, cosas como que a veces vale la pena poner toda la carne en el asador… cosas como que hay momentos en los que hay que decir “basta”.

Hacerse mayores. Cambiar de registro. Leer, llorar, sonreír y cabrearse. Pasar de la novela de instituto a la de universidad y saltar a cosas más escabrosas. Relaciones reales, de las que te petan en la cara cuando menos te lo esperas porque, oídme (leedme), no somos perfectas, no somos perfectos. Cambiar las fantasías. De las suaves a las más crudas. Cambiar de distopías. De las opresivas a las subversivas. Y disfrutar cada lectura en su momento porque, por mucho que pueda jodernos, hay libros para todas las mentalidades, ya no sólo las edades.

Antes disfrutaba leyendo y escuchando música al mismo tiempo. A cada libro le elegía un álbum de música. Ahora, sencillamente, no. Disfrutar de los momentos de break, ya sean en ese autobús de locos en el que todo el mundo habla al mismo tiempo; en ese rincón de la biblioteca con una sonrisa ladeada en los labios, sabiendo que, pese a que tendrías que estar estudiando, diez páginas más no van a suponer la diferencia… ese momento antes de salir con tus amigas a quemar la noche, ese momento de lucidez previo a la embriaguez de saber que, al menos por un día, puedes comerte el mundo. Ese momento. Ese jodido momento. Ese bendito momento.

Supongo que hay personas que leen para vivir y personas que leemos como ritual. Para mí la lectura, a día de hoy, supone un punto de desconexión. Llamadlo terapia, llamadlo momento de relajación. Llamadlo como demonios queráis llamarlo. La lectura, decía, como momento en el que sólo existes tú y la historia. Da igual si el mundo del que se habla existe o no mientras lees. Da igual, porque es un mundo en el que tus problemas, sencillamente, mueren. Mueren como morimos todos. Mueren porque es lo natural. Y qué bonito es ver cómo los problemas se alejan, ni que sean unas horas, ¿verdad?

Crecer leyendo. Cambiar de registros. Volver a los viejos y sonreír por los viejos tiempos. Como cuando tu madre te mira y te cuenta tus grandes cagadas de cuando eras poco más que una cría. Como cuando ves a tu abuela y te dice que de pequeña dormías abrazada a una vaca de peluche. Como cuando ves esos condenados recuerdos y, muy a tu pesar, piensas que no estaría tan mal volver a ser peque.

Crecer leyendo. Aceptar que se crece leyendo. Y evolucionar. Ante todo, evolucionar.