3/6/17

RESEÑA #85: AFTER DARK


RESEÑA #85: AFTER DARK

¡Hola, hola, hola!

 ¿Qué tal? ¿Me habéis echado de menos, aunque sólo sea un poquito? La verdad es que he estado bastante ocupada estas dos últimas semanas y, bueno… He tenido que sacar un hueco de donde no lo había para poderme dejar caer por aquí. Contadme, ¿está siendo un buen mes? ¿Mucho agobio con los exámenes?

 Pasando a temas menos deprimentes – personalmente, no tengo ningunas ganas de hablar de las clases –, quería traeros, hoy sí, la reseña de un libro que me gustó especialmente. Al parecer, tengo un nuevo autor favorito. Sí, sí, amigas y amigos, tal y como lo leéis. Nuevo imprescindible. Redoble de tambor y un más que efusivo aplauso para… ¡¡Haruki Murakami!!

Ficha técnica


Título: After dark
Autora: Haruki Murakami
Editorial: Tusquets Ediciones
Número de páginas: 256
ISBN: 9788483831014
Precio: 17,00€

Sinopsis

Cerca ya de medianoche, en esas horas en que todo se vuelve dolorosamente nítido o angustiosamente desdibujado, Mari, sentada sola a la mesa de un bar-restaurante, se toma un café mientras lee. La interrumpe un joven músico, Takahashi, al que Mari ha visto una única vez, en una cita de su hermana Eri, modelo profesional. Ésta, mientras tanto, duerme en su habitación, sumida en un sueño «demasiado perfecto, demasiado puro». Mari ha perdido el último tren de vuelta a casa y piensa pasarse la noche leyendo en el restaurante; Takahashi se va a ensayar con su grupo, pero promete regresar antes del alba. Mari sufre una segunda interrupción: Kaoru, la encargada de un «hotel por horas», pide que le ayude con una prostituta china agredida por un cliente. Dan las doce. En la habitación donde Eri sigue sumida en una dulce inconsciencia, el televisor cobra vida y poco a poco empieza a distinguirse en la pantalla una imagen turbadora... pese a que el televisor no está  enchufado.

Mi opinión

 La historia de por qué decidí leer este libro no es demasiado interesante. Llegué a la biblioteca, lo vi, me enamoró la portada y lo cogí. Fascinante. El caso es que después de lo muchísimo que me gustó Tokio Blues – podéis acceder a la reseña haciendo clic aquí –, me daba algo de miedo que esta otra obra me dejara con mal sabor de boca. Miedos infundados, por supuesto.
 Mari está leyendo en una cafetería. Una escena de lo más normal – una que todas y todos protagonizamos al menos unas tres o cuatro veces al mes, ¿verdad? –, por lo menos si dejamos de lado que son casi las doce de la noche y no tiene intención de volver a casa hasta el amanecer. ¿Y qué hace una chica que acaba de empezar sus estudios universitarios en una cafetería a las doce de la noche?, os preguntaréis. Lo cierto es que yo también me pregunté por qué no estaba quemando las horas por la calle, con una panda de amigos y algo de alcohol en el cuerpo – lo sé, soy tremendamente superficial. Mea culpa –. La respuesta, como no puede ser de otro modo, es una de las incógnitas que nuestro querido Murakami se reserva para el final.
 Ahora bien, retomemos lo importante. Mari está en la cafetería, leyendo un tocho de “agárrate y no te menees”, cuando entra, como entraría un elefante una chatarrería, Takahashi, un músico al que nuestra querida Mari conoció en una cita doble con su hermana años atrás. Si me permitís un pequeño inciso, nuestro músico medio bohemio, un amante del buen jazz iniciado con Spot after dark – buscad la canción, vale la pena –, me pareció un amor. Un chico parlanchín, de esos que no toleran los silencios.
 Pese a lo que podáis pensar, el libro no se centra en la historia de Mari y Takahashi; sino en todos los encuentros fortuitos que hacen que nuestra protagonista indiscutible arregle algunos de sus problemas personales. Ojo, con esto no quiero decir que Takahashi sea un personaje de paso, un secundario esporádico que haga un comentario afortunado. No. Ese chico, junto con Eri, Kaoru y Shirakawa; se convierten en pilares fundamentales de una obra que, al menos a mí, me ha robado un trocito de corazón.
 Haruki Murakami sabe escribir, eso no es ningún secreto. Es de esas personas que harían una maldita lista de tareas interesante. El caso es que su prosa, al menos por lo que he podido ir comprobando, es oscura. Sí, lo sé, todo muy poético. Bromas aparte, Murakami tiene el don de confeccionar escenarios grises, decadentes e incluso lúgubres. Convierte cada ambiente en una joyita perlada de melancolía, en un nubarrón gris del que no se pueden apartar los ojos, en una tarde de lluvia. Y eso, ¡qué queréis que os diga!, a mí me encanta.
 Tras una charla poco fructífera acerca de cómo va a pasar Mari toda una noche, Takahashi se marcha para ensayar con su grupo, no sin antes decirle que quiere volver a verla en unas horas para seguir hablando, no sólo de sus quehaceres nocturnos, sino de Eri Asai, la hermana de nuestra protagonista. El caso es que Eri es una de esas chicas guapísimas que posan para revistas de adolescentes, una chica de cuerpo diez que tiene algunos problemas con los que, desgraciadamente, no sabe lidiar.
 Antes de hablaros con más detalle sobre Eri, quiero hacer una mención especial al narrador de la obra. Uno muy acertado, si queréis mi opinión, y es que Haruki Murakami nos convierte en un punto, un pedazo de materia que, como si de una cámara se tratase, puede enfocar todo lo que pasa a lo largo de esa noche. Pasamos de estar viendo una perspectiva aérea de la cafetería a la habitación de Eri Asai. ¿Y por qué su habitación? Lo siento, pero si queréis saberlo vais a tener que leer el libro.
 Antes de pasar a la zona spoiler, quiero dejaros con los dientes largos. La partida de Takahashi, como supondréis, no afecta en lo más mínimo a Mari. Ella sigue leyendo tan tranquila hasta que… ¡Sorpresa! Una mujer que dice conocer al músico llega y le pide que le ayude con una chica china a la que le ha pasado algo terrible.

 Y, ahora, bienvenidas y bienvenidos a la Zona Spoiler

 El libro es corto. El libro es ridículamente corto. Pasa de todo. Es tan condenadamente adictivo que no sé ni por dónde empezar para convenceros de que, definitivamente, tenéis que leerlo. Ya no es tanto el hecho de disgregar cada elemento y disfrutarlo, como cuando paladeamos cada sabor en un cucurucho de tres bolas. No. Es un conjunto perfecto, uno que hace que sólo pienses en qué más va a pasar. O en qué no, porque telita con el asunto.
 Decía más arriba que es curioso el asunto de Eri. Lo mantengo. Ella está durmiendo profundamente en su habitación, tan profundamente que da hasta miedo. Y, de golpe y porrazo, la televisión se enciende. Tengamos en cuenta que el libro está ambientado en lo contemporáneo de su época, así que os hablo de un televisor de tubos catódicos que se queda con la señal gris – sí, esa previa a que se ponga la pantalla de mil colores –. Lo fascinante de la situación es que, aun siendo una mera cámara, el narrador nos hace comprender que en esa televisión hay algo que no va bien. Un hombre con una máscara que mira fijamente a Eri Asai.
 Paralelamente a esta situación – gore hasta decir basta –, Mari acompaña a Kaoru hasta su Love Hotel – por si alguien no tiene claro que es un “love hotel”, se trata de un hotel en el que las parejas van para tener encuentros sexuales, ya sea con prostitutas, con amigos o con su propia pareja –. En una de las habitaciones, una prostituta china – ilegal en Japón, para más señas – cuenta a Mari, que es la única que habla chino, lo sucedido. Aquí me detendré un momento para quejarme a gusto, porque el desgraciado que da una paliza a Mari se convierte también en uno de los protagonistas del libro. A lo que iba. Shirakawa pega una paliza a Mari porque a la pobre chica le baja la regla justo cuando iban a empezar. Al parecer el muy depravado no concibe que pasen esas cosas y le deja la nariz hecha un Cristo.
 Lo gracioso del asunto – hablando desde la más profunda de las ironías – es que Shirakawa es un maníaco del control, una de esas personas que necesitan tenerlo todo meticulosamente ordenado. Un hombre casado que trabaja en una empresa como informático y se queda hasta las tantas. Eso y un fetichista de las chicas jóvenes y chinas. Ah, y también un cerdo maltratador asqueroso. Sí, ahora sí que lo he dicho todo.
 Kaoru, junto con sus dos ayudantes – Kôrugi y Komugi – y Mari, acompañan a la chica china hasta el hombre que viene a buscarla. Uno de los miembros de la mafia china. La verdad es que en ese aspecto la novela me sorprendió. Quiero decir, Haruki Murakami aprovecha muy bien los encontronazos entre los diferentes personajes para convertirlos, a su manera, en miembros importantes de una noche cualquiera. ¡Y vaya noche!
 No puedo decir mucho más sin destripar todo el libro. No creáis, ganas no me faltan. Pero no sería justo. Sólo haré dos comentarios más. El primero de ellos es que me gustó muchísimo la reflexión de Kôguri sobre los recuerdos. Para ella son casi tan importantes como las vivencias del presente. Gracias a los recuerdos vivimos. Su pasado me pareció bastante triste, aunque debo decir que me fascinó la fuerza del personaje en líneas generales. El segundo es, como no puede ser de otra manera, para Mari. Para mí, es un diez. Un maldito diez. Una chica que sabe que vive a la sombra de su hermana – ella es la lista, Eri es la guapa – y, pese a todo, decide irse una noche entera ella sola. El motivo, una vez más, no voy a desvelarlo. Chapó a Mari, porque es maravillosa.
 El final es bueno. Muy bueno, de hecho. Si os digo la verdad, me decepcionó un poco que el hombre de la mafia china no le pegara una paliza a Shirakawa, pero por lo demás fue maravilloso. Takahashi hace un excelente papel no sólo de mediador, sino también de punto de apoyo. No es tanto su charla sobre los arroces, el pollo o su fascinación por la abogacía; sino cómo enfoca el problema que sirve de halo para las hermanas Asai.
 No sé qué más deciros (escribiros) para que leáis el libro. Tenéis que hacerlo. De verdad que sí.

Con todo, After dark es una novela maravillosa. Una noche gris coronada por unos personajes sencillamente maravillosos. Una vez más, Haruki Murakami nos brinda una historia preciosa con esa prosa suya tan característica. Una delicia. Una lectura obligada.

Nota: 5/5

Citas

(…)
 Personas que se dirigen a algún sitio y personas que no se dirigen a ninguno. Personas que tienen un objetivo y otras que no lo tienen. Personas que querrían detener el paso del tiempo y otras que querrían acelerarlo.
(…)

(…)
-Es que, a medianoche, el tiempo transcurre de una manera especial – aclara el barman. Con un fuerte chasquido, enciende una cerilla de cartón y prende un cigarrillo –. Y es inútil oponerse a ello.
(…)

(…)
-[…] Que es posible que no exista un muro que separe ambos mundos. Y que, en caso de que exista, quizá sólo sea un endeble tabique de cartón. Y que, en el instante en que te apoyes casualmente en él, puede que se hunda y te caigas al otro lado. O quizás es que el otro lado ya se ha introducido a hurtadillas en nuestro interior, aunque nosotros no seamos conscientes de ello. […]
(…)

(…)
-¿Y sabes qué pienso? – dice entonces –. Pues que para las personas, los recuerdos son el combustible que les permite continuar viviendo. Y para el mantenimiento de la vida no importa que esos recuerdos valgan la pena o no. Son simple combustible. […] Recuerdos importantes, otros que no lo son tanto, otros que no tienen ningún valor: todos, sin distinción, no son más que combustible. – Kôrogi asiente como para sí. Luego prosigue –: Y ¿sabes? Si a mí me faltara ese combustible, si dentro de mí no hubiera esa especie de cajón de recuerdos, hace tiempo que, ¡cras!, me habría partido en dos. Y me habría muerto en cualquier rincón, tirada como un perro. Gracias a ese montón de recuerdos, valiosos o insignificantes según el momento, que van saliendo del cajón, puedo seguir viviendo, soy capaz de soportar esta pesadilla. Aunque a veces me diga a mí misma que ya no puedo más, los recuerdos me dan fuerza para seguir adelante.
(…)



14/5/17

RESEÑA #84: FAHRENHEIT 451


RESEÑA #84: FAHRENHEIT 451

¡Hola, hola, hola!

 Una semana de lo más curiosa, sin duda. Una de esas en las que, después de cierto suceso – llamémoslo “x” –, os quedáis con mal sabor de boca. Pero bueno, como decía nuestro gran Kaz Braker – uno de los protagonistas de Seis de cuervos –, <<ladrillo a ladrillo>>. Y es que… ¿Qué hay más maravilloso que acabar un domingo dejándose caer por el idílico mundillo de Blogger? ¡Pues hablaros de un libro que a mí, personalmente, me ha encantado!

 No os olvidéis de contarme qué tal están siendo vuestras actuales lecturas. Nunca es mal momento para descubrir nuevas joyitas. Y ahora… ¡Dentro reseña!

Ficha técnica


Título: Fahrenheit 451
Autora: Ray Bradbury
Editorial: De Bolsillo
Número de páginas: 176
ISBN: 9788497930055
Precio: 7,95€
Sinopsis

 Fahrenheit 451 cuenta la historia de un sombrío y horroroso futuro. Montag, el protagonista, pertenece a una extraña brigada de bomberos cuya misión, paradójicamente, no es la de sofocar incendios sino la de provocarlos para quemar libros. Porque en el país de Montag está terminante prohibido leer. Porque leer obliga a pensar, y en el país de Montag está prohibido pensar. Porque leer impide ser ingenuamente feliz, y en el país de Montag hay que ser feliz a la fuerza…

Mi opinión

 Leí 1984 y quedé encantada, así que me pregunté cómo era posible que aún no le hubiera dado una oportunidad seria a Ray Bradbury – veréis, había leído un pequeño relato hará ahora unos tres años y, sinceramente, me fascinó –. El caso es que pensé que era un buen momento y me lancé con la historia de un bombero de lo más peculiar.
 Fahrenheit 451 es, de salida, un libro igual de reivindicativo que la gran novela de Orwell – o, al menos, una de ellas –; sin embargo, carece de la crudeza, de la maldad que puebla las páginas del régimen en el que nuestro pobre Winston tiene que sobrevivir día a día. ¿Significa esto que la novela de Bradbury me dejara fría? No, ni mucho menos.
 Montag es un bombero, uno de esos que, cuando suena la alarma, baja por la barra con sus colegas, dejando una partida de póquer a medias y, una vez en camión, no pierde el tiempo para poder llegar a destino. Quemar libros. Sí, eso he dicho (escrito): quemar todos los libros. Tener libros en casa – aunque ni siquiera se lean – es un delito castigado con la exterminación directa de lo que ellos consideran “el problema”. Supongo que muchas de vosotras, muchos de vosotros, os estaréis llevando las manos a la cabeza. ¡Vaya barbaridad!
 El caso es que nuestro protagonista, tras una larga jornada de trabajo, va de camino a casa y se encuentra con una chica que se define a sí misma como una loca. Clarisse McClellan, un verdadero primor, si me permitís el inciso. ¿Y por qué está loca? Ella no quiere pasar el tiempo como el resto de sus compañeros de clase. No quiere subirse en coche a quemar gasolina a una velocidad vertiginosa, no quiere ir al parque de atracciones. No quiere hacer, en esencia, nada que le obligue a bloquear su mente.
 Bloquear la mente. Qué bonito, ¿verdad? ¿Quién no ha querido alguna vez dejar en blanco algún momento, un espacio vacío para pensar? ¿Quién no ha querido evadirse tras un día duro, no con cosas cotidianas, sino con emociones fuertes? Creo que es un buen momento para explicar por qué está prohibido tener libros y, por ende, leer. Veréis, en la sociedad que nos plantea Ray Bradbury, los libros nos hacen daño con sus palabras. Hacen que lloremos, que nos sintamos mal, que pensemos en cosas truculentas… Hacen que pensemos, me da en la nariz que ahí radica el problema.
 Así que nuestro protagonista se queda con la mente totalmente en blanco, con esa pobre niña que se refiere a sí misma como una loca, hablando de cosas tan efímeras como las flores, el campo o el hecho de que la hierba pueda oler a lluvia. Una niña que sólo quiere pasar el rato viviendo sin prisas, obviando la velocidad, el riesgo y el placer por lo que sólo consigue que nada sea importante. ¿Y qué pasa cuando alguien se encuentra con alguien que le dice verdades como puños? Exacto, empieza a pensar y… Empiezan los problemas.
 Decía que Bradbury no es tan crudo como Orwell. Lo mantengo. Ahora bien, si hay algo destacable en la prosa de nuestro escritor es que es poética. Hace de cada palabra una delicia, adornándola, edulcorándola para que algo horrible, aberrante, un sinsentido; se convierta en algo refinado, en algo que, en esencia, es agradable de leer por lo bucólico de su descripción. No miento cuando os digo (escribo) que, a mi juicio, este hombre entra en la categoría de los autores que lloran en el papel.
 Tras el encontronazo con Clarisse, Montag empieza a replantearse cosas como si será cierto que los dientes de león pueden determinar si estás o no enamorado. Cosas sencillas, cosas bonitas. Hasta que un día la niña, sencillamente, desaparece. Algo curioso, ¿verdad? Si a este hecho le sumamos un pequeño “incidente”, los problemas de nuestro amigo bombero no han hecho más que empezar.

 Y, ahora, bienvenidas y bienvenidos a la Zona Spoiler

 Es difícil hablar de un libro tan corto sin destriparlo, aunque el libro en cuestión lo conozca ya casi todo el mundo y ya quede poco que decir. Es difícil, digo, porque quiero mantenerme fiel a eso de “no contaré todo el libro”. Hablaré, entonces, de algunas cosas que me han resultado, cuando menos, curiosas.
 La primera de ellas es la siniestra relación de la mujer de Montag con la televisión. No, no me he vuelto loca – o, al menos, no tanto –. Esa mujer, al igual que muchísima gente en la sociedad que nos presenta Ray Bradbury, cree que su “familia” son los actores y actrices de la maldita televisión. Palabrita. Las paredes, en vez de ser de hormigón, de ladrillo, de pladur o de lo que diablos sean; son pantallas en las que de forma ininterrumpida sale gente que puede llegar a dirigirse a su espectador por su nombre – un sencillo formateo, al parecer –. Y digo yo, ¿en serio hay que llegar a ese límite del surrealismo? ¿No raya ya lo suficiente en lo malsano el hecho de que la mujer de Montang, Mildred, Millie para los amigos, sea la mujer más superficial y despreciable de este mundo que, encima, tiene que creer esas locuras?
 Supondréis que lo segundo de lo que quiero hablar es de Millie. Puedo decir, sin miedo a equivocarme, es la clara definición de lo que significa que alguien – ya sea hombre o mujer – sea superficial. Sólo, repito, SÓLO, quiere ver sus patéticos programas. Oh, no, perdonadme. Sólo quiere ver a su familia. ¡Venga ya! Me dio pena cuando, al principio de la novela, pareció que quería suicidarse, pero acabé por odiarla e, perdonadme por lo que voy a decir (escribir) ahora… incluso me alegré de que al final se marchara.
 Pasando a temas más importantes, el cómo Montag atesora los libros que ha ido robando me pareció sencillamente increíble. El hombre adora todo lo que lee – lo cual es más bien poco – y, un día, comete el error de hacer saber a su jefe que ha tenido un desliz. Me rompió el alma ver a lo que se puede llegar por un puñado de hojas. Quiero decir, ¿qué había de malo, realmente, en que nuestro pobre bombero tuviera unos cuantos libros? ¿Qué había de malo en que supiera quererlos y valorarlos?
  Beatty, el jefe de Montag, es todo un personaje. Alguien con muchos claroscuros, sin duda. Me resultó la mar de curioso todo lo que sabía de literatura, pese a despreciarla con cada miserable gramo de su cuerpo. Otro cantar, es ese señor ya mayor, Faber, un antiguo literato. No quiero extenderme con estos dos hombres, sólo diré que nada es lo que parece.
 Lo mejor de la novela es, sin duda, el final. Me gustan las reflexiones que plantea Ray Bradbury mientras nuestro protagonista huye del sabueso – ese perro mecánico me ponía los pelos de punta – y de la policía mientras la guerra estalla sobre sus cabezas. Me maravilló que fuera la literatura la que, al final, se convirtiera en el hilo conductor hacia un mundo diferente, uno en el que no se juzgaran las palabras como hirientes o no, sino como palabras en sí mismas, que ya es suficiente.

Con todo, Fahrenheit 451 es una novela sencillamente maravillosa, con unas reflexiones muy buenas y una prosa exquisita. Dadle una oportunidad a Montag, a Clarisse y, por supuesto, al bueno de Faber.

Nota: 4,5/5

Citas

(…)
 El rostro de ella también se parecía mucho a un espejo. Imposible. ¿Cuánta gente había que refractase hacia uno su propia luz? Por lo general, la gente era – Montag buscó un símil, lo encontró en su trabajo – como antorchas, que ardían hasta consumirse. ¡Cuán pocas veces los rostros de las otras personas captaban algo tuyo y te devolvían tu propia expresión, tus pensamientos más íntimos! ¡Aquella muchacha tenía un increíble poder de identificación!; era como el ávido espectador de una función de marionetas, previendo cada parpadeo, cada movimiento de una mano, cada estremecimiento de un dedo, un momento antes de que sucediese.
(…)

(…)
-No se trata sólo de la mujer que murió – dijo Montag –. Anoche, estuve meditando sobre todo el petróleo que he usado en los últimos diez años. Y también en los últimos libros. Y, por primera vez, me di cuenta de que había un hombre detrás de cada uno de ellos. Un hombre tuvo que haberlo ideado. Un hombre tuvo que emplear mucho tiempo en trasladarlo al papel. Y ni siquiera se me había ocurrido esto hasta ahora.
 Montag saltó de la cama.
-Quizás algún hombre necesitó toda una vida para reunir varios de sus pensamientos, mientras contemplaba el mundo y la existencia, y, entonces, me presenté yo y en dos minutos, ¡zas!, todo liquidado.
(…)

(…)
-¡Válgame Dios! – dijo Montag –. Siempre tantos chismes de ésos en el cielo. ¿Cómo diantres están esos bombarderos allí arriba cada segundo de nuestras vidas? ¿Por qué nadie quiere hablar acerca de ello? Desde 1960, iniciamos y ganamos dos guerras atómicas. ¿Nos divertimos tanto en casa que nos hemos olvidado del mundo? ¿Acaso somos tan ricos y el resto del mundo tan pobre que no nos preocupamos de ellos? He oído rumores. El mundo padece hambre, pero nosotros estamos bien alimentados. ¿Es cierto que el mundo trabaja duramente mientras nosotros dormimos? ¿Es por eso que se nos odia tanto? También he oído rumores sobre el odio, hace muchísimo tiempo. ¿Sabes tú por qué? ¡Yo no, desde luego! Quizás los libros puedan sacarnos a medias del agujero. Tal vez pudieran impedirnos que cometiéramos los mismos funestos errores. No oigo a esos estúpidos en tu sala de estar hablando de ello. Dios, Millie, ¿no te das cuenta? Una hora al día, dos horas con estos libros, y tal vez…
(…)

(…)
-No quiero cambiar de bando y que sólo se me diga lo que debo hacer. En tal caso, no habría razón para el cambio.
(…)

(…)
Oh, amor, seamos sinceros
 El uno con el otro. Por el mundo que parece
Extenderse ante nosotros como una tierra de enseños,
Tan diversas, tan bella, tan nueva
Sin tener en realidad ni alegría, ni amor, ni luz,
Ni certidumbre, ni sosiego, ni ayuda en el dolor;
Y aquí estamos nosotros como en lóbrega llanura,
Agitados por confusos temores de lucha y de huida,
Donde ignorantes ejércitos se enfrentan cada noche.
(…)

(…)
 Las palabras son como hojas, y cuanto más abundan raramente se encuentra debajo demasiado fruto o sentido, de Alexander Poe.
(…)

(…)
 Vio que la luna se hundía en el firmamento. La luna allí, y su resplandor, ¿producido por qué? Por el sol, claro. ¿Y qué iluminaba al sol? Su propio fuego. Y el sol sigue, día tras día, quemando y quemando. El sol y el tiempo. El sol, el tiempo y las llamas. El río le balanceaba suavemente. Llamas. El sol y todos los relojes del mundo. Todo se reunía y se convertía en una misma cosa en su mente. Después de mucho tiempo de flotar en el río, Montag supo por qué nunca más iba a quemar algo.
 El sol ardía a diario. Quemaba el Tiempo. El mundo corría en círculos, girando sobre su eje, y el tiempo se ocupaba en quemar los años y a la gente, sin ninguna ayuda por su parte. De modo que si él quemaba cosas con los bomberos y el sol quemaba el Tiempo, ello significaba que todo había de arder.
(…)

(…)
 Aquello era todo lo que deseaba. Algún signo de que el inmenso mundo le aceptaría y le concedería todo el tiempo que necesitaba para pensar lo que debía ser pensado.
(…)

(…)
 No estaban seguros de que todo lo que llevaban en sus mentes pudiese hacer que todos los futuros amaneceres brillasen con una luz más pura, no estaban seguros de nada, excepto de que los libros estaban bien archivados tras sus tranquilos ojos, de que los libros esperaban, con las páginas sin cortar, a lectores que quizás se presentaran años después, uno, con dedos limpios, y otros, con dedos sucios.
(…)

(…)
-[…] <<No importa lo que hagas – decía –, en tanto que cambies algo respecto a cómo era antes de tocarlo, convirtiéndolo en algo que sea como tú después de que separases de ello tus manos. La diferencia entre el hombre que se limita a cortar el césped y un auténtico jardinero está en el tacto. El cortador de césped igual podría no haber estado allí, el jardinero estará allí para siempre.>>
(…)

(…)
-[…] Detesto a un romano llamado Statu Quo>>, me dijo. <<Llena tus ojos de ilusión – decía –. Vive como si fueras a morir dentro de diez segundos. Ve al mundo. Es más fantástico que cualquier sueño real o imaginario. No pidas garantías, no pidas seguridad. Nunca ha existido algo así. Y, si existiera, estaría emparentado con el gran perezoso que cuelga boca abajo de un árbol, todos y cada uno de los días, empleando la vida en dormir. Al diablo con eso – dijo –, sacude el árbol y haz que el gran perezoso caiga sobre su trasero.>>

(…)